Casi tres años después de que Javier Milei se convirtiera en presidente de Argentina, el defensor del libre mercado que empuña una motosierra se ha consolidado como el favorito de la extrema derecha. Flávio Bolsonaro, candidato presidencial de derecha en Brasil, promete una política económica que seguirá el ejemplo de Milei, mientras que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo considera su «presidente favorito». El año pasado, Trump otorgó a Argentina una línea de intercambio de divisas sin precedentes por 20,000 millones de dólares para detener la caída libre de su moneda en vísperas de las elecciones legislativas, y la estrategia funcionó. El partido de Milei obtuvo una sorprendente victoria.
Más que un simple símbolo o modelo para la extrema derecha, Milei desempeña un papel crucial en el nuevo «Escudo de las Américas» de Trump, un paraguas de seguridad diseñado para contrarrestar a los rivales de Estados Unidos y convertir a América Latina en una región rica en recursos, integrada por socios que se ajusten a los intereses estadounidenses. Sin embargo, dado que las contribuciones de Milei al orden hemisférico de Trump dependen del desempeño económico de Argentina, cabe preguntarse cómo le ha ido al principal referente sudamericano del movimiento MAGA.
El «Plan Motosierra» que Milei presentó en junio de 2022 iba más allá de un mecanismo para frenar la hiperinflación. Su objetivo más amplio era asfixiar a un sector público que había llegado a considerarse una fuente de clientelismo político y hacer que Argentina volviera a ser grande como exportadora de productos primarios. Esta visión encaja perfectamente con la perspectiva geoeconómica de la administración Trump. Las inversiones en yacimientos de litio en el norte del país y en hidrocarburos en la Patagonia han impulsado la recuperación económica y reforzado la importancia estratégica de Argentina para el Escudo de las Américas.
Mientras tanto, el país se ha llenado de carteles que proclaman que las Malvinas —más conocidas como las islas Falkland— pertenecen a Argentina y no al Reino Unido. Milei no tiene problemas en apelar al nacionalismo populista mientras mantiene sus reclamaciones sobre los yacimientos petrolíferos recién descubiertos en el Atlántico Sur.
Sin embargo, el éxito inmediato del Plan Motosierra se sustenta en la austeridad. Milei fue quien proporcionó el manual de instrucciones para el efímero —y poco exitoso— intento de Elon Musk con el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE). Al asumir el cargo, redujo a la mitad el número de ministerios del Gobierno argentino, hasta dejarlos en nueve, congeló las obras públicas, despidió a 51,218 empleados federales —además de otros 23,000 de empresas estatales— y recortó drásticamente el gasto social. En poco tiempo, los déficits crónicos se convirtieron en superávits presupuestarios. Tras años de volatilidad y aumentos descontrolados de los precios, la inflación cayó de aproximadamente un 250 % a un 30 %, y la economía repuntó.
Además de contener los precios, los recortes de Milei impulsaron el flujo de capital hacia el sector privado, ya que su Gobierno ofreció incentivos fiscales a los inversionistas extranjeros y prometió un nuevo y amplio régimen de seguros privados para sustituir funciones estatales. La austeridad obligó a los trabajadores a seguir el dinero, lo que provocó una migración hacia empresas con fines de lucro en los sectores de salud, seguridad y educación. Argentina solía contar con laboratorios de primer nivel respaldados por su organismo nacional de ciencia, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Sin embargo, tras las reducciones salariales y los recortes presupuestarios en investigación, más del 10 % de los científicos y técnicos del CONICET —principalmente biólogos, geólogos, agrónomos y físicos menores de 40 años— se han marchado al sector privado.
Pero el sector informal absorbe a la mayoría de los trabajadores desplazados. La noche anterior a la recogida de la basura pública, multitudes de argentinos recorren las calles en busca de metales y papel reciclables. Al amanecer, caravanas de carritos de compras y carretas tiradas por caballos transportan la chatarra hasta depósitos donde los recolectores reciben unos pocos pesos a cambio.
La recolección de residuos es solo una de las actividades del sector informal, un amortiguador tradicional en un mercado laboral con escasa protección social. Sin contratos laborales, prestaciones por desempleo ni aportes para las pensiones, la informalidad constituye la única red de seguridad para muchos argentinos. Una vez que ingresan en ella, los trabajadores tienden a no regresar al empleo formal, y entre el 40 % y el 50 % de la población activa sobrevive actualmente gracias a trabajos precarios.
Los jóvenes ya no aspiran a conseguir empleos en el sector público ni siquiera trabajos formales, y casi el 70 % de los argentinos de entre 18 y 25 años trabaja en la informalidad. Cuando impartí clases recientemente en una universidad de un distrito periférico de Buenos Aires en declive económico, todos mis estudiantes tenían trabajo, pero pocas perspectivas prometedoras. Si no eran docentes que cobraban salarios cercanos al mínimo, trabajaban como vendedores ambulantes, conductores de Uber, empleados domésticos o repartidores de alimentos y medicamentos.
En otras palabras, la gran recuperación de Argentina está plagada de miseria. A principios de 2026, la pobreza urbana alcanzó el 32.3 %, mientras que la privación extrema afectaba a más del 7 % de la población. La magnitud de la indigencia es asombrosa, especialmente si se considera cuánto ha quedado oculta por el igualmente extraordinario aumento del endeudamiento personal. Se han multiplicado las aplicaciones de tecnología financiera, las billeteras digitales, los prestamistas locales, las tarjetas de crédito de emergencia y otros productos diseñados para ayudar a las familias pobres a llegar a fin de mes. Las tasas de morosidad se disparan. Con casi seis millones de argentinos que acumulan al menos 90 días de retraso en el pago de sus deudas, las autoridades del banco central luchan por evitar una oleada de pequeñas quiebras.
La motosierra seguirá funcionando. Reducir la inflación del 30 % exigirá más austeridad, pero queda menos por recortar. Las nuevas fronteras de explotación de materias primas generan crecimiento, pero pocos empleos, y los hogares pobres están agotando sus opciones. Aun así, Milei sigue adelante. La idea de que el Gobierno intervenga para promover la recuperación económica es, según su característica y matizada valoración, «basura keynesiana».
El tiempo se agota. Con las elecciones de 2027 en el horizonte, Milei quizá no pueda contar con un salvavidas financiero de Trump. Su base política no debe subestimarse, pero es mucho más pequeña que las legiones de personas que caen en una trampa de bajos ingresos y baja productividad. Por ahora, Milei puede ser una pieza clave de la visión geoeconómica de Trump, pero pronto podría convertirse en su eslabón débil.