San Francisco de Macorís se despide de una de sus figuras más queridas. El fallecimiento de Mons. Jesús María de Jesús Moya representa no solo la pérdida de un obispo, sino la ausencia de un pilar esencial en la historia reciente de la diócesis de Santa Ana. Desde su nombramiento en 1984, sucediendo al reconocido Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, su labor pastoral se convirtió en un faro para toda la provincia de Duarte, transformando la relación entre la Iglesia y la comunidad.
Mons. Jesús María fue, ante todo, un verdadero pastor de almas. Su trabajo trascendió las paredes del templo, integrándose profundamente en la vida social del Nordeste. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo recordamos a un hombre de sabiduría profunda y sencilla, un conciliador innato que mantenía la calma en medio de las crisis sociales. Fue un guía constante para ciudadanos, profesionales y líderes comunitarios, siempre ofreciendo consejos que conducían al bienestar.
Como Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Católica Nordestana, su gestión fue un reflejo de su visión transformadora. En 1994, tuve el honor de ser nombrado por él como Asistente del Rector para Asuntos Internacionales, un cargo honorífico que desempeñé con dedicación. Durante ese tiempo, establecimos conexiones con el mundo diplomático, invitando a embajadores y personalidades internacionales que, a través de la AIHE, nos mantuvieron vinculados a una activa agenda continental, hasta que partí hacia Europa en mis labores diplomáticas entre 2000 y 2005.
Más allá de su labor académica, su compromiso con las causas de los sectores más vulnerables reveló su verdadera esencia: un hombre de acción, decidido en sus propósitos y siempre al servicio del bien común. Como él mismo destacó en el 45 aniversario de su ordenación sacerdotal, al ser reconocido por la Cámara de Diputados , que su objetivo fue siempre fomentar el crecimiento de las personas, viendo en su comunidad no un campo de conflictos, sino un pueblo inteligente, trabajador y emprendedor.
Cumplió con esmero el mandato apostólico de predicar la palabra, tanto en tiempos favorables como difíciles. Fue un mediador en momentos de huelgas y crisis, siempre actuando como un puente de entendimiento. Su pastoreo no fue solo espiritual; fue un acompañamiento humano que ayudó a superar las desigualdades que aún separan a muchos de la redención material y espiritual.
Hoy, el Nordeste llora, pero también celebra una vida entregada con generosidad. Su partida deja un vacío difícil de llenar, pero su legado perdura en las generaciones que formó y en la paz que sembró. Nos deja el ejemplo de un hombre que, al igual que Moisés, guio a su pueblo a través de aguas turbulentas, siempre motivado por la fe y el amor al prójimo.
Despedimos a un hombre de Dios que regresa a la casa del Padre, y nos consuela la promesa de la Resurrección. Como nos enseña la Sagrada Escritura en el libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos pareció que morían, y su partida se tuvo por desgracia, pero ellos están en paz”.
Mons. Jesús María de Jesús Moya, hoy emprende el ignoto camino que conduce al Padre celestial. Ha cumplido con su misión sacerdotal, y todo un pueblo le despide entre lágrimas y la alegría de saber que hereda la vida eterna.