La fe que atraviesa “Marty Supreme” no es una fe limpia ni edificante, sino una fe obstinada, casi torpe, que se sostiene a fuerza de insistir. Josh Safdie, el director de la película, la menciona sin solemnidad, casi al pasar, durante una conversación con Listín Diario, como si estuviera hablando de algo evidente. En realidad, estaba revelando el núcleo psicológico de la historia.
Cuando le pregunto por la mentalidad de Marty Mauser (el protagonista), Safdie piensa en un niño de República Dominicana que sueña con convertirse en pitcher y llegar a las Grandes Ligas.
No lo plantea como metáfora inspiracional ni como imagen decorativa. Lo dice como origen. Como punto de partida. “Marty Supreme”, explica, nace de esa lógica.
Ese niño vive en un lugar del que parece casi imposible salir. Pero el sueño existe. No es racional. No es estratégico. Es visceral. Es una promesa de escape. Safdie no lo romantizar. Lo entiende. Y al hacerlo, conecta la ambición de Marty con una forma de fe que no tiene nada que ver con la meritocracia y todo que ver con la supervivencia emocional.
“Marty Supreme” no es una película sobre tenis de mesa, del mismo modo que muchas historias sobre boxeo no son realmente sobre boxeo. Es una película sobre creer en una salida cuando no hay ninguna garantía de que exista.
Marty no persigue la gloria. Persigue la posibilidad de no quedarse donde está. El tenis de mesa no es un deporte que prometa dinero, fama o estabilidad. Es un camino lateral, casi ridículo, hacia una idea de futuro. Justamente por eso funciona como motor dramático. Marty no elige lo lógico. Elige lo que le permite seguir creyendo.
Safdie filma esa fe con una seriedad absoluta. No hay ironía en la forma en que mira a su protagonista. No hay distancia condescendiente. Marty no es un personaje excéntrico observado desde fuera. Es alguien que vive en un estado constante de tensión, convencido de que si deja de moverse, si deja de hablar, si deja de apostar, todo se derrumba. Esa energía inestable define el ritmo de la película. Todo parece a punto de desbordarse, no porque el mundo sea hostil, sino porque Marty no sabe vivir de otra manera.
La referencia al niño dominicano ilumina una diferencia crucial. El sueño de ese chico no depende de un sistema que lo favorezca. Depende de su cuerpo, de su resistencia, de la repetición obsesiva de un gesto sin saber si alguien lo está mirando. Safdie entiende esa lógica y la traslada a Marty. No le interesa mostrar el talento como don. Le interesa mostrarlo como insistencia. Como fe ciega en que algo puede funcionar si se repite lo suficiente.
Por eso los espacios en Marty Supreme se sienten vivos. No como decorados, sino como ecosistemas. Safdie insiste en que cada lugar debía sentirse habitado antes de que la cámara llegara. No filma espacios vacíos esperando a ser activados por la acción. Filma lugares que ya existían y seguirán existiendo cuando Marty se vaya. Esa decisión no es estética. Es ideológica. Significa que Marty no es el centro del mundo. Es apenas una fuerza que lo atraviesa.

La película, que recibió nueve nominaciones a los Premios Óscar, se empeña en recordarnos que Marty no es especial en un sentido tradicional. No es el elegido. No es el prodigio indiscutible. Habla demasiado.
Promete más de lo que puede cumplir. Se mete en problemas innecesarios. Pero cree con una intensidad que incomoda. Cree incluso cuando la evidencia dice lo contrario. Cree como cree ese niño dominicano que entrena bajo el sol sin saber si algún día saldrá de ahí.
Ese tipo de fe rara vez es celebrada por el cine contemporáneo. Vivimos rodeados de narrativas que premian la inteligencia estratégica, el cálculo, la planificación. Marty Supreme va en la dirección opuesta. Su protagonista no calcula bien. No mide las consecuencias. No espera el momento adecuado. Se lanza. Y en ese lanzarse, se expone al ridículo, al fracaso, a la pérdida. Safdie no embellece esas caídas. Las muestra como parte inevitable del precio de creer.
Las relaciones de Marty con quienes lo rodean están marcadas por esa misma lógica. A veces inspira. A veces agota. A veces resulta imposible de sostener. Marty no es un líder carismático clásico. Es alguien que arrastra a otros con su convicción, incluso cuando esa convicción parece absurda. Como el niño que cree que un brazo fuerte puede cambiar su destino, Marty cree que un talento marginal puede abrir una puerta que nadie más ve.
Safdie no juzga esa creencia. Tampoco la glorifica. La observa con una mezcla de fascinación y alarma. Porque sabe que la fe, cuando no se cumple, puede volverse destructiva. Pero también sabe que sin ella no hay movimiento posible. El verdadero peligro no es creer demasiado. Es dejar de creer.
En ese sentido, Marty Supreme funciona como una reflexión sobre la movilidad social, incluso cuando nunca la nombra. El sueño del niño dominicano no es distinto al sueño de Marty.
Ambos parten de lugares donde quedarse equivale a desaparecer. Ambos confían en una habilidad específica como tabla de salvación. Ambos saben que las probabilidades están en su contra. Y aun así avanzan.
La película evita con cuidado el discurso meritocrático. No sugiere que querer algo sea suficiente para obtenerlo. Al contrario, muestra lo arbitrario del éxito. Marty puede hacerlo todo bien y aun así perder. El niño puede entrenar toda su vida y nunca llegar. Safdie no promete justicia. Promete experiencia. Promete el retrato honesto de una fe que no garantiza nada.
Esa honestidad se extiende a la relación con el espectador. Marty Supreme no busca tranquilizar. No ofrece moralejas claras. Simplemente coloca al público dentro de ese estado mental donde creer es la única forma de seguir adelante. Donde no creer implica aceptar un encierro definitivo.
La historia del niño dominicano aparece en la conversación con Safdie como un comentario fugaz, pero su presencia atraviesa toda la película. Es el recordatorio de que los sueños no siempre nacen de la ambición, sino de la urgencia de imaginar otra vida posible. Marty no quiere ser admirado. Quiere salir. Quiere moverse. Quiere probar que el mundo no está completamente cerrado.
Al final, Marty Supreme no responde si esa fe es suficiente. No lo hace porque no le interesa responder. Le interesa algo más incómodo. Mostrar lo que ocurre cuando alguien decide creer de todos modos. Mostrar el costo emocional, físico y social de esa decisión. Mostrar que la fe no es un estado elevado, sino una práctica diaria, agotadora, a veces solitaria.
Josh Safdie habla de ese niño dominicano sin épica, sin discurso. Como alguien que entiende profundamente ese impulso. Y en ese gesto, Marty Supreme se revela como lo que realmente es: una película sobre quienes creen sin garantías, sobre quienes apuestan todo a una salida improbable, sobre quienes siguen lanzando la pelota una y otra vez, no porque sea sensato, sino porque es la única forma de no rendirse.