El tiempo pone todo en perspectiva histórica. Juzgar al pasado desde la comodidad del presente es una trampa dialéctica, pues no somos justos al hacerlo. Evaluar las difíciles decisiones que nuestros gobernantes debieron tomar al fragor de la incertidumbre, el miedo, el terror y la ignorancia que generó el Covid-19, es un ejercicio de soberbia intelectual y olímpica ignorancia.
Estos seis años transcurridos parecen que pertenecen a un pasado muy lejano. Nuestro inconsciente –en un sofisticado mecanismo de supervivencia altamente desarrollado– intenta olvidar y borrar recuerdos, como para hacer que nunca existieron; como si nunca el dolor estuvo ahí; como que nunca existió esa ansiedad de saber si moríamos ese día, esa semana… ese mes.
Ahora, en la distancia que da el privilegio de haber sobrevivido, podemos entregarnos con placer a cualquier teoría conspiranoica de patio; dejarnos seducir por quienes piensan que al capitalismo le iría mejor sin nosotros; sin los consumidores que a diario sostenemos la máquina que crea los privilegios irritantes de la élite. El sistema necesita consumidores vivos, no ciudadanos muertos.
Eso que algunos llaman “experimento social”, no fue más que la reacción desesperada de líderes mundiales que no supieron cómo lidiar con una pandemia sin precedentes; a quienes no les alcanzaban los modelos y recomendaciones para gestionar un desafío de salud pública planetario, del cual, el último precedente, había sido un siglo antes… Por no hablar que la conectividad, medios de transporte, redes, híper información y la transparencia, es mucho mayor en esta sociedad, que en aquella que enfrentó la “Gripe Española”, en 1918.
Toca reconocer a nuestros gobernantes y quitarnos el sombrero con respeto, porque dentro del contexto, la escasa información disponible y con todos los países luchando por salvarse individualmente, hicieron no sólo lo que pudieron, sino lo que en casi todos los lugares –comenzando en China– se estaba haciendo.
El confinamiento fue la mejor salida posible dentro del marco de la incertidumbre, desconocimiento, ansiedad y miedo. El gobierno de Danilo Medina enfrentó con coraje, valentía y audacia la pandemia; y el pueblo dominicano, en un digno ejemplo de civismo, no sólo aceptó las medidas, sino que pudimos reafirmar nuestro espíritu democrático realizando elecciones en plena pandemia; y ejecutar exitosamente la transición de mando a un Luis Abinader que profundizó las medidas tomadas por su predecesor y que lideró el proceso de vuelta a la normalidad y superación de la crisis.
Hace justo un año pensábamos que saldríamos mejores seres humanos de aquella encrucijada, y no fue así. Vistos los resultados, el deterioro de salud mental generalizada, la ansiedad social, la quiebra de las relaciones personales, de pareja y el desmadre geopolítico actual, salimos peor que lo que entramos. Aun así, quienes sobrevivimos, por respeto y en honor de quienes no lo hicieron, debemos seguir creyendo que aquello fue una oportunidad de la que aún tenemos que seguir aprendiendo.