La muerte, despojada por la ciencia y la biotecnología de su antigua máscara de impiedad, ha ido perdiendo, progresivamente, su carácter fantasmal. Se ha vuelto mucho menos aterradora. Aunque continúa siendo un motivo de inquietud existencial, ya no ejerce, como antes, la guadaña de la intimidación ni de la angustia vital. Sin perder su halo barroso, el momento de morir ha disipado buena parte de su marabunta espantadiza y de su incisivo aguijón. Conviene recordarlo: cuando la oscuridad de las creencias competía con la pirámide de la razón, la vida dependía -para quebranto y aflicción- de una mirada trascendente que, a lo largo y ancho de la tierra, nos observaba con autoritario rigor.
Fueran ojos de piedad, fueran miradas de fuego consumidor, el destino humano estaba, de antemano, subordinado al dictamen de la furia incandescente o del juicio misericordioso. Dependía -según bondades y maldades- de aquella balanza de medición: tan indulgente que obsequiaba la inmortalidad, tan amenazante que condenaba, eternamente, al lago ardiente de la tribulación.
Siglos de misticismo y arrobamiento reorganizaron aquel lugar inclemente, donde el fin último, por vías diferentes, conducía a la salvación o a la perdición ineluctable: absorbidos por las fauces del inframundo y las piras sulfurosas de una brea inapagable. Implantada desde la filosofía, las artes y la religión, la condena al sufrimiento perpetuo -más que el cierre de un ciclo temporal- aludía a una despedida tenebrosa y fatal. Nuestros actos, consecuencia de una vida desacertada o virtuosa, determinarían el designio de cada alma por igual. El poder de las creencias instituyó el terror a la muerte cuando, individualizada y constreñida, la rendición de cuentas de cada uno debía inventariarse delante de Dios al abandonar la tierra.
Entre el cielo y el infierno -plasmados por Dante con elegancia sombría y alegoría magistral- predominaba el páramo espinoso donde la acechanza punitiva era transferida como pago debido por la desobediencia personal.
Incrustado en el corazón de Occidente, ese horizonte cultural no se desvaneció por completo: el temblor visceral ante la muerte no regatea distancias culturales ni soberanía religiosa. Encima de aquel horror etéreo, sin embargo, buscamos hoy estirar, por otros medios, la prolongación de la existencia, apremiados por el adelanto biotecnológico que impulsa una de sus aspiraciones más superbas: extender el ciclo vital y evitar la prematuridad de la vejez.
Como fuere, el caballo irreformable de la Parca ya no lleva las bridas sueltas a su antojo; carece del dardo ineludible que, tiempos atrás, lo convertía en pánico irremediable. A mayor comprensión de la inevitabilidad de su caída biológica, menor es el espanto de los vivientes.
Byung-Chul Han (2020) explora la negación que Occidente impuso a cualquier discusión sobre la muerte, esquivándola y, de modo absurdo, tratando de olvidarla. Admite lo paradójico de la experiencia mortal, pero examina los “espacios habitables” para la existencia y -de vuelta a Heidegger- nos define como seres para la muerte, percatados de nuestra finitud, cuyo nexo indisoluble posibilita asumirla con habitual serenidad. Repasa la historicidad del existir, perspectiva desde la cual deduce que la angustia del yo, capaz de inundarlo y cubrirlo todo, finalmente maniobra como una reacción temible y colérica contra aquello que la niega o aniquila.
La muerte “no es un mero punto final, es el punto cero donde esta comienza”. Mediante una exégesis que nos invita a pensar desde y hacia la muerte, despeja el consuelo esporádico y la conmiseración fugaz, desmitificando el miedo contenido que inyecta la cultura desde el mismo instante en que aflora la conciencia. No como un yo solitario frente a un acontecimiento impersonal, no como algo antinatural ni equiparable a la interrupción violenta de la existencia, sino como clausura de un episodio temporal salvable: la vida auténtica.
Dos palabras griegas -polos opuestos sin aparente relación- revelan una genealogía de tensiones semánticas, éticas, culturales y religiosas que, colocadas frente a frente, tienden un arco de sentido que atraviesa la naturaleza humana. “Eudaimonía”: el buen vivir; y “eutanasia”: el buen morir. Entretanto, la muerte no envejece y, por ende, ambos sucesos existenciales continuarán su histórica discusión, latente, legítima, permanente…