Algunos podrían pensar que ayer se cerró un ciclo, otros podrían decir que apenas inicia. Al final, la historia no es lineal, sino que es compleja, y una cadena es la suma de muchos eslabones, no una sola pieza en sí misma.
Con su escrito de ayer (“El momento de David”), Yayo Sanz Lovatón anunció al país que apoyaba el proyecto presidencial de David Collado, y que lo asumía como el más representativo de su generación, una que ha destacado desde que el PRM llegó al poder, ocupando importantes puestos en la dirección del Estado dominicano.
Ciertamente, la pléyade de jóvenes dirigentes que echaron los dientes en el (otrora) “Glorioso”, y que no dudaron un segundo en seguir los pasos a Luis e Hipólito en esa loca idea de fundar un nuevo partido, hoy dirige el gobierno. Que algunos lo hayan hecho muy mal, no quita mérito a quienes lo han hecho muy bien, por el contrario, los valida para seguir estando presentes en la vida pública nacional por los siguientes 20 años.
Desde el mismo momento en que Yayo decidió correr a lo interno del PRM para lograr la candidatura de 2028, sabía que era una carrera compleja. Algo así como una maratón con vallas, garrocha, salto largo, natación en piscina con tiburones, escalada de rocas con arqueros lanzado flechas con fuego, sin descanso ni hidratación, con los dos principales contendores corriendo solos hacía tiempo, y, teniendo atrás o a los lados a excelentes corredores que tampoco estaban dispuestos a sentarse.
La decisión más cómoda, fácil, menos traumática y más simple para Yayo, habría sido apoyar pura y simplemente a David hace dos años, y haber sido desde entonces su jefe de campaña. Eligió competir. No sólo convencido de que en un proceso interno podría echar el pleito, sino porque se debía a un equipo que lo había acompañado por años, y el trabajo en equipo justificaba acuerdos en equipo.
Ayer Yayo no tiró la toalla, todo lo contrario, la agarró con fuerza. Su discurso siempre ha sido lo colectivo sobre lo individual, la unidad partidaria sobre todo. El apoyo de Yayo fortalece el proyecto de David, brindándole estructura nacional, y reafirma el principio de que los acuerdos se honran, que la palabra vale. No era un quid pro quo entre Secretaría de Organización y candidatura presidencial, era un mensaje; era decir que él cumple, pero que a su equipo también hay que cumplirle. Y David cumplió. Los buenos corredores nunca dejan de correr, aunque la meta esté lejos y no se vea. La verdadera carrera es de resistencia y convicción; el verdadero triunfo es hacer que los equipos ganen y que celebren juntos; la medalla puede cambiar de cuello, lo importante es que pueda ganarla alguien del equipo; y, para Yayo, ese alguien es David.