El odio, que encuentra en el racismo una de sus expresiones más nauseabundas, está de moda en Occidente. En Estados Unidos ha existido siempre, pero ahora incluye el asesinato de extranjeros (con o sin documentación) por parte de los agentes del ICE. En España, un expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sin escrúpulos y sin el mínimo respeto hacia el pueblo francés, escribió recientemente en un artículo para el olvido: “Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”.
Con esa infeliz frase, el citado judicialmente como “m.rajoy” niega la nacionalidad francesa a grandes atletas nacidos y criados en La France, por el terrible “pecado” de ser descendientes de inmigrantes procedentes de países que el racismo fascista y nazi clasifica como “civilizados”. (Las demás serían la barbarie a civilizar). Por eso no se habla de negar la nacionalidad francesa a Laurent Marie Nuñez-Belda, actual ministro del Interior e hijo de inmigrantes andaluces; ni a Manuel Valls, nacido en Barcelona, quien, tras obtener la nacionalidad francesa, fue primer ministro entre 2014 y 2016. Tampoco hay que olvidar al ex presidente de la República Francesa Nicolas Sarkozy, hijo de un inmigrante húngaro.
Pero hablamos ahora de las bondades. Son muchas las bondades del fútbol: promueve la solidaridad, enseña a la juventud a ganar y a perder (como en la vida), a aceptar que el triunfo es colectivo y la derrota compartida. El fútbol genera sentido de pertenencia, une generaciones y crea identidad. Sin importar el origen, el color o la condición social o económica, el fútbol construye comunidad y alimenta sueños compartidos. Sin embargo, entre tantas virtudes, sobresale la de hacer sufrir a los racistas, xenófobos, fascistoides y populistas, a quienes este Mundial ha puesto en una situación de profundo tormento y desconsuelo. Y es que, debe ser duro, para los racistas de España, por ejemplo, vivir en la tortura de saber que para triunfar en el Mundial han dependido —y dependerán el próximo domingo frente a Argentina— de la genialidad futbolística de un muchacho hispano/africano y musulmán llamado Lamine Yamal, o de otro jugador, más negrito y tan español como Don Quijote: Nico Williams, entre otros.
¡Debe ser triste! Qué duro debe ser depender del atleta negro o musulmán que se odia, insulta y discrimina, para tener la posibilidad de alcanzar la gloria deportiva.