Hay problemas que, de tanto mencionarlos, terminan pareciendo atendidos. El embarazo adolescente es uno de ellos. En 2024, la tasa regional fue de 50,6 nacimientos por cada mil jóvenes de 15 a 19 años. Solo África subsahariana presentó una cifra mayor.
Más de 1,6 millones de adolescentes en la región dan a luz cada año: una cada veinte segundos. En medicina, ninguna de ellas es un número. Cada caso tiene un rostro, una familia y proyecto de vida que comienzan a truncarse.
El Observatorio Demográfico 2025 de la CEPAL reconoce avances importantes en Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá, República Dominicana y Uruguay. Es justo valorar ese progreso, pero sin confundir el descenso con la solución. Una mejoría estadística no puede ser motivo de tranquilidad. La reducción registrada demuestra que es posible avanzar. Pero el verdadero éxito no llegará cuando mejoren los cuadros estadísticos, sino cuando ninguna niña y adolescente tenga que cambiar los libros por una maternidad impuesta por la ignorancia, violencia o falta de oportunidades.
La maternidad temprana suele venir acompañada de pobreza, deserción escolar, falta de orientación, violencia y escasas oportunidades. Decirle a una niña o adolescente que debe cuidarse es fácil. Lo difícil es garantizarle información oportuna, salud sexual y salud reproductiva , entornos protectores, atención confidencial y verdadera libertad para decidir.
Existe, además, una realidad todavía más dolorosa. Muchos embarazos son consecuencia del abuso, la coerción y las uniones tempranas. Llamarlos “errores juveniles” encubre a los responsables y carga sobre las víctimas una culpa que no les pertenece. Allí el Estado debe actuar con servicios de salud, educación, protección social y todo el peso de la ley.
La factura continúa después del parto. Cuando una madre joven abandona la escuela, disminuyen sus posibilidades de alcanzar un empleo digno, crece la dependencia económica y la pobreza se prolonga hasta la generación siguiente. También aumentan los riesgos de complicaciones obstétricas, partos prematuros y bajo peso al nacer. Las heridas emocionales, menos visibles, pueden durar toda la vida.
En la República Dominicana, la geografía todavía decide demasiado. No recibe las mismas oportunidades quien vive cerca de un centro bien equipado que quien habita una comunidad apartada. A esa desigualdad se añade el silencio. En numerosos hogares y escuelas, hablar de sexualidad sigue provocando incomodidad. Callar no protege; deja el terreno libre a la desinformación.
Prevenir exige comenzar a tiempo: educación sexual integral, anticonceptivos accesibles, personal sanitario preparado, sensibilizado y espacios donde los adolescentes sean escuchados sin sentirse juzgados. Requiere, igualmente, políticas que mantengan a las adolescentes en las aulas y les permitan construir un porvenir distinto.
El avance no debe medirse únicamente en tablas y porcentajes, sino en pupitres ocupados, estudios concluidos y proyectos cumplidos. Evitar la maternidad impuesta por la ignorancia, el abuso o la falta de opciones es devolver a cada joven el derecho a elegir su camino. Ya no caben la indiferencia ni los tabúes. Proteger a nuestras adolescentes es asegurar el futuro del continente.
La autora es Ginecóloga-obstetra