Europa se enfrenta a una crisis de productividad. Durante el último cuarto de siglo, su productividad laboral solo ha aumentado a la mitad del ritmo que la de Estados Unidos, lo que ha ampliado la brecha entre los ingresos estadounidenses y los europeos. Gracias a un mayor gasto público, a unas instituciones del mercado laboral más sólidas y a unas redes de seguridad social más eficaces, los beneficios del crecimiento económico europeo se distribuyen de forma más equitativa. Pero sin una mejora de la productividad, las economías y las democracias europeas seguirán en peligro.
Por eso los líderes europeos han dado la voz de alarma. Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo y autor de un influyente informe de 2024 sobre la competitividad europea, califica la necesidad de mejorar la productividad como un reto existencial. Para centrar más la atención en esta cuestión, él y otros destacados líderes empresariales y académicos europeos se han unido recientemente para formar el Grupo del Rin, cuya página web lamenta que «de las cincuenta mayores empresas tecnológicas del mundo, solo cuatro son europeas».
Europa se siente acorralada entre Estados Unidos y China. Puede que Estados Unidos mantenga una ligera ventaja sobre China en inteligencia artificial y otras tecnologías de vanguardia, pero China está recortando rápidamente esa diferencia. Ya es la principal fuente mundial de solicitudes de patentes internacionales, y su cuota ha aumentado del 3 % al 33 % entre 2000 y 2022, mientras que la de la UE cayó del 30 % al 16 %.
No es de extrañar que gran parte del debate europeo gire en torno a la necesidad de emular y alcanzar a las dos superpotencias tecnológicas. Pero, de hecho, ni EE. UU. ni China ofrecen un modelo relevante o atractivo para Europa.
Es cierto que el modelo de innovación de Silicon Valley, con su dependencia de una abundante fuente de capital riesgo y sus fuertes vínculos con la investigación académica, tiene mucho a su favor. Es responsable de la mayoría de las innovaciones clave de la era digital. Pero no logra difundir adecuadamente los beneficios de la innovación por toda la economía, que es lo que importa para la productividad general. La innovación no genera automáticamente un aumento de la productividad a menos que potencie las capacidades de amplios segmentos de la sociedad, incluidos los trabajadores y las pequeñas empresas. Por eso, los períodos de innovación no se correlacionan necesariamente con los auges de productividad.
En Estados Unidos se produjo una marcada desaceleración del crecimiento de la productividad laboral tras las crisis del petróleo de la década de 1970, a pesar del inicio de la era digital y de la informática de masas en la década de 1980. La década anterior a la pandemia de la COVID-19 registró la tasa de crecimiento de la productividad más baja de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que no se observó una desaceleración aparente de la innovación. Estas deficiencias tampoco se limitan a las cifras macroeconómicas. El modelo estadounidense ha generado una gran concentración de riqueza y poder económico, lo que ahora constituye la raíz de la disfunción política y la polarización del país.
El crecimiento de la productividad de China, por su parte, sigue dependiendo en gran medida de la industria manufacturera. China ha liderado el sector de la maquinaria eléctrica, la electrónica, los productos solares, los vehículos eléctricos y las baterías. Pero, si bien es cierto que la industria manufacturera ha sido tradicionalmente fundamental tanto para la innovación como para el empleo (como demuestra la propia historia de Europa), desempeñará necesariamente un papel menor en el futuro de Europa. Al fin y al cabo, el empleo y la actividad económica europeos ya se concentran en gran medida en los servicios y seguirán haciéndolo. Sería un error intentar emular las políticas comerciales e industriales de China para reactivar la suerte de las empresas manufactureras europeas, salvo por razones de seguridad nacional.
Aumentar la productividad en el sector de los servicios plantea retos políticos muy diferentes. Europa no puede ni debe competir con EE. UU. y China en sus propios términos. No tiene más remedio que desarrollar su propio modelo productivista, diferenciado. La clave para impulsar la productividad europea residirá en implementar y difundir innovaciones tecnológicas y organizativas en toda la economía, independientemente de dónde se genere la innovación.
Veamos algunos ejemplos. Tanto la telefonía móvil como los teléfonos portátiles se desarrollaron inicialmente en EE. UU. Sin embargo, Europa se adelantó considerablemente a EE. UU. en su adopción masiva y estableció el estándar del Sistema Global para Comunicaciones Móviles (GSM), lo que ayudó a empresas europeas como Nokia y Ericsson a dominar los mercados mundiales hasta que los smartphones tomaron el relevo. Del mismo modo, los reactores nucleares se desarrollaron en Estados Unidos y el Reino Unido, pero fue Francia quien los convirtió en una fuente predominante de generación de electricidad. Los robots industriales y las máquinas de control numérico se desarrollaron en Estados Unidos, pero fue en Alemania (y Japón) donde las fábricas los utilizaron con mayor eficacia.
También hay muchos casos que van en la dirección opuesta. El motor de combustión interna, la World Wide Web y la turbina eólica se inventaron en Europa, pero fueron Estados Unidos y China quienes sacaron el máximo partido de ellos. Europa fue incapaz de convertir su ventaja inicial en la tecnología de los teléfonos móviles en un éxito comercial en el ámbito de los smartphones. La empresa neerlandesa ASML es líder mundial en máquinas de fotolitografía, pero Europa va muy a la zaga en el mercado mundial de más de un billón de dólares de los chips semiconductores que producen estas máquinas.
Centrarse en los resultados derivados de la innovación abre una nueva perspectiva sobre el reto de la productividad en Europa. Sugiere un enfoque algo diferente al de las preocupaciones actuales por las startups, las grandes empresas tecnológicas, la integración de los mercados de capitales y la competitividad global. Como muestra un informe reciente de la UE, los cuellos de botella —financiación, escala, normativa, cambios organizativos— varían según las actividades y no pueden darse por sentados de antemano. Las soluciones que Europa necesita se enmarcan más bien en políticas «industriales» basadas en la colaboración público-privada, que identifiquen y eliminen las limitaciones que impiden un despliegue efectivo en corrientes tecnológicas específicas.
En lugar de hacer hincapié en la innovación per se, un enfoque claramente europeo pondría el énfasis en la adopción y la difusión. La implantación de innovaciones organizativas y tecnológicas será especialmente importante en sectores como el comercio minorista, el trabajo por encargo, la hostelería y los cuidados, donde se concentrará la mayor parte del empleo. Dado que la mayoría de estas actividades no están expuestas a la economía internacional, la competitividad no es un criterio adecuado para formular las políticas necesarias.
El retraso de Europa en materia de IA plantea cuestiones difíciles, pero no cambia la naturaleza de la solución. La inversión en centros de datos y capacidad de cálculo es extremadamente costosa, y la mayor parte de los beneficios se generarán mediante el uso de la IA, lo cual puede ocurrir en cualquier lugar que tenga acceso a la nube. Por motivos de seguridad nacional, es posible que Europa quiera evitar una dependencia excesiva de EE. UU. (o de China). Pero, siempre que los usuarios de IA no se vean aislados de los centros de datos, los beneficios en materia de productividad dependerán menos de la ubicación de la capacidad de cálculo que del despliegue adecuado de la IA.
Por último, pero no por ello menos importante, la difusión en las fases posteriores tiene la ventaja de que es más coherente con el propio modelo europeo de economía social de mercado. A diferencia de EE. UU., el enfoque europeo debería aspirar a que la tecnología esté al servicio de las personas, y no al revés.
Dani Rodrik, catedrático de Economía Política Internacional en la Harvard Kennedy School, es expresidente de la Asociación Económica Internacional y autor de *Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate* (Princeton University Press, 2025).
Derechos de autor: Project Syndicate, 2026.