Es imposible ser indiferentes frente al fuego, sucumbimos a su magia desde los tiempos de las cavernas. Tanto en el orden natural como en el político, el fuego purifica, limpia, regenera, y, así como representa el final de un ciclo, también constituye el comienzo de otro.
Volviendo a París –pero también Marsella, Lyon, Ruan, Nantes, Tolousse, Rennes–, la capital francesa ardió el pasado sábado como hace décadas no hacía. Vale precisar que desde los lejanos días de la toma de La Bastilla (1789), los franceses han asumido la extraña costumbre de quemarlo todo cada cierto tiempo, y de poner el orden patas arriba cada vez que les incomodan algunas situaciones (la revolución de 1848; la Comuna de París; mayo del 68; los chalecos amarillos, etc.).
Lo del sábado se venía venir, de la misma forma en que no se ven venir las cosas hasta que ocurren, no antes. El descontento popular va in crescendo; hacía semanas que los estudiantes protestaban por muchas razones; los sindicatos se habían unido; la inflación y el alto costo de la vida golpean a todos; hay crisis de empleo, educación, salud, seguridad, vivienda, etc.
Motivos para protestar, sobraban. Así, mientras más de 550,000 personas salieron a protestar pacíficamente, otros miles prendieron fuego a la capital, asaltaron comercios, vandalizaron estatuas, oficinas públicas o hicieron arder el centenario ayuntamiento de Limoges. Aún así, sería irresponsable reducirlo a los postulados simplistas con que los extremos políticos quieren explicar la situación.
No se trata de la política de migración descontrolada impuesta por Bruselas y asumida y aplaudida por el Eliseo, como nos quiere hacer ver la extrema derecha de Marine Le Pen (Agrupación Nacional); tampoco se trata de redistribuir la riqueza pura y simplemente, como quiere vendernos el ultraizquierdista Melenchon y su “Francia Insumisa”; ni mucho menos con el “No hay lugar para la violencia”, con el que el incompetente de Macron quiere resumirlo todo. No. El problema de fondo es el colapso del modelo económico francés y la quiebra del Estado de Bienestar.
El Estado francés es hidrocefálico. 1 de cada 5 empleados son funcionarios públicos. La deuda representa el 116% del PIB (se proyecta 119% para 2027), el déficit es de 5% y el crecimiento proyectado es de un 0.4% del PIB. La estructura de la pirámide poblacional, la precariedad del empleo y los bajos e inconstantes ingresos son insuficientes para financiar los sistemas de pensiones, salud, educación y demás derechos adquiridos.
Ningún extremo cederá y el centro no existe. Macron quiso gobernar para todos y, al final, no gobernó para nadie, ni siquiera para sí mismo. Las elecciones serán una batalla cosmética entre dos relatos y ningún político del sistema planteará la necesidad de reiniciar el sistema desde cero… si aún se quiere salvar algo. El camino hacia la rebelión y el caos es ancho y largo, pero si se transita por él, en algún momento se llega a destino. Y los franceses lo saben…