El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania en una “Operación Militar Especial” supuesta a durar dos semanas. Cuatro años y siete meses después, el conflicto se mantiene, y, desde finales de 2022, el frente se encuentra en un punto muerto estratégico en el que Rusia controla aproximadamente un 20% del territorio ucraniano.
Sobre las razones, motivos, justificaciones o causas de la guerra, se hablará en el futuro. Cualquier consideración hecha en el presente no mira la fotografía completa. Para los ucranianos, la guerra comenzó en 2022; para los rusos comenzó en febrero de 2014, con el Euromaidán y el posterior derrocamiento de Yanukóvich… y aún antes; tan temprano como en 1999, con la primera oleada de adhesiones de países exsoviéticos a la OTAN.
Trump no pudo lograr la paz en 24 horas, tal como había prometido, ni mucho menos reunir a Putin y Zelenski en una habitación y negociar un acuerdo, pero, en su defensa hay que decir que nunca ha dejado de soñar con ese momento. Con Witkoff ayer en Moscú (noveno viaje), celebrando las cualidades humanitarias de Putin tras la liberación de Stephen Hubbard; con el despacho de 40,000 toneladas de diesel ruso a EEUU; y, con la declarada voluntad del Kremlin de sentarse con Kiev el 10 de noviembre, o en Shenzhen (18 de noviembre), con Trump y Xi Jinping (sin Zelenski); el camino hacia la paz luce menos sombrío.
Ayer, en una entrevista dada a Fox News, preguntado si aceptaría un acuerdo que deje las líneas fronterizas actuales (con Ucrania reteniendo un 75% del territorio), Zelenski respondió categóricamente que “sí”, porque “esa es la manera de terminar esta guerra. Lo llamamos cese al fuego. Congelar y parar el conflicto”.
Llegados a este punto –cuatro años y siete meses después–, toca recordar los frustrados intentos en Estambul de llegar a términos similares; como toca recordar la participación de Europa, que dio unas garantías que no podía cumplir, más por su posición de sobre estiramiento imperial (Kennedy) que por sus capacidades reales. Los analistas llevan años diciendo que Rusia no ha podido vencer a Ucrania, cuando lo cierto es que la OTAN y la UE no han podido vencer a Rusia, y hoy, esa realidad los golpea en la cara.
Si “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (Clausewitz), entonces, la necesidad política de Trump de mostrar triunfos tangibles de cara a las elecciones de noviembre (paz en Ucrania, ganar un aliado clave para destrabar Ormuz, paz en Irán, estabilización de los combustibles) obliga a Zelenski a darse un baño de realidad política, y a Europa –una vez más– a contener el aliento.
La guerra no es cosa de niños y la política es cosa de adultos. Lamentablemente, en torno al conflicto en Ucrania, sobran unos y faltan otros.