En política, los gestos son importantes. A veces, un pequeño detalle vale más que una gran acción. Situaciones desafiantes requieren mensajes poderosos que unifiquen y motiven al colectivo a realizar los sacrificios necesarios.
Al discurso del presidente Abinader le siguió un entendimiento generalizado en torno a la gravedad de la situación. Todo el mundo reconoce que el conflicto en Irán genera tensiones en la economía mundial y local, de la misma forma que se asume su origen externo y que el gobierno no tiene responsabilidad o incidencia alguna al respecto.
Las críticas han venido en torno a cómo gestionar la crisis, y eso es natural desde una lógica política. Así como al gobierno le toca proponer y liderar iniciativas, a la oposición le toca criticarlas o sugerir otras.
Al margen de la viabilidad o no de las medidas propuestas, de su pertinencia y efectividad, de si son suficientes o requerirán medidas adicionales, de que hay que hacer sacrificios, de que si el conflicto se mantiene o se profundiza tendremos que adoptar medidas más contundentes y drásticas. Al margen de todo eso, persiste en el imaginario colectivo la idea de que el gobierno debería también –a la par que exige sacrificios necesarios e impostergables a la población – exigirse sacrificios a sí mismo.
Nadie niega que la situación es externa, que el gobierno no tiene culpa y que intenta contener los impactos en la medida de sus posibilidades; de la misma forma que sería de necios pensar que mientras el mundo entero arde, en el país, los precios no subirán; o que, si lo hacen, sería responsabilidad del gobierno –y no por el aumento de los combustibles–, porque eso sería populismo y demagogia.
Aunque en términos de eficiencia cuantitativa y relevancia fiscal, disminuir ciertos gastos no representará un ahorro determinante que contribuya a fortalecer las finanzas públicas, no es menos cierto que –a nivel de simbolismo–, en este contexto de crisis, el gobierno debería predicar con el ejemplo. No por lo que significaría en términos monetarios, sino por el mensaje que se envía a la sociedad: si el gobierno se ajusta y se sacrifica, todos los demás deberán hacerlo.
Muchos funcionarios del gobierno se han acostumbrado a un boato público suntuoso que raya en lo ofensivo; a un fronteo facineroso; a un despliegue ostentoso de personal de toda índole en sus desplazamientos públicos; cuando no han sucumbido ante la fascinación erótica que ejercen las jeepetas negras de alto cilindraje, los aparatajes de seguridad, fotógrafos, protocolo, community managers, y una surtida troupe; sin darse cuenta que al hacer todo eso, desde la zona de confort de la costumbre, cuestionan el mensaje de sacrificio que predica el presidente Abinader.
En este contexto de desafíos globales que demandarán sacrificios colectivos, el necesario ajuste de mentalidad, debería empezar por casa.