Cuando hay políticos de por medio, lo privado se vuelve público. El pasado sábado, en una iglesia de la Zona Colonial, se celebró una modesta boda en la que no hicieron falta los excesos, porque sobraba el corazón. En una ceremonia familiar, rodeados de amigos y allegados, Sarah y Najib contrajeron matrimonio, jurándose un amor eterno que se sentía a flor de piel; en un ambiente festivo, alegre y esperanzador.
Hasta ahí todo normal, salvo que en primera fila estuvieran sentados el presidente Luis Abinader y su señora esposa, atendiendo a la invitación que les hicieran los comunicadores Susana Gautreau y Nayib Chahede (madre y padre de los esponsales). A seguidas, llegaría el expresidente Leonel Fernández, que por igual saludaría a los presentes en su caminar hacia el banco delantero de la iglesia.
Hasta este tercer párrafo, esto parecería una crónica rosa, a no ser por la importancia que reviste el simbolismo del encuentro. Lo verdaderamente importante no es que ambos presidentes fueran a una boda, sino que tuvieran el sentido de clase (política) de sentarse en el mismo banco; donde Abinader tuvo el elegante detalle de invitar a Fernández a su lado, y departir con él, antes de la marcha nupcial; aunque, luego de iniciada la ceremonia, Fernández reciprocara la caballerosidad al devolverle a la primera dama el lugar que temporalmente había ocupado, para sentarse a su lado.
Lo de qué hablaron ellos dos durante los 20 minutos previos al cortejo, sólo lo sabrá Dios. Mientras, la gente fabula y especula (que si política, alianzas, favores reversibles, próximos pasos, etc.). Más que sobre lo que hablaron, importa que pudieron hablar; que pudieron sentarse juntos; reírse, compartir, conversar.
Y es que, eso que aquí vemos tan normal, al punto que nos interesa más sobre lo que pudieron haber hablado que el hecho de sentarse juntos, en otros países sería sencillamente impensable. Toca recordar que, a nivel de protocolos de seguridad, no hubo sorpresas. En caso de incomodidad, cualquiera podría haber dicho previamente que no asistiría y, sin embargo, fueron, se sentaron juntos y hablaron.
La gobernabilidad no es otra cosa que eso, y la paz social y desarrollo económico que vivimos desde hace décadas, se debe única y exclusivamente a que nuestros políticos se pueden sentar juntos en el banco de una iglesia. Así de simple como suena.
Que no olvidemos ese detalle de grandeza y humildad, ese don de gentes de nuestros líderes, que siempre han antepuesto lo principal a lo secundario. Por eso es que siempre podremos estar mejor en el futuro que en el presente, de la misma forma que hoy estamos mejor que en el pasado. Y es por eso, no por otra cosa.
Más que una hermosa ceremonia donde reinaba el amor, fue también un mensaje de respeto y unidad al pueblo dominicano.