Antes que cualquier otro entretenimiento, el béisbol representa la mayor pasión de los dominicanos. Aquí, como en ninguna otra disputa, la rivalidad impone la regla. Una simbología competitiva cuyo ritual desata un sentimiento colectivo y lúdico donde, para suerte de la industria, todos somos fanáticos y expertos al mismo tiempo. Gozamos de esta doble condición: conocedores del juego, sin renunciar jamás a la determinación de sentirnos parciales empedernidos y confesos.
En tanto ritual doméstico, nuestra pelota combina imaginación cultural, tradición y talento. Los rituales, en todo caso, integran lazos de cohesión social y acumulan experiencias que dan relieve y horizonte a los pueblos. En esencia, las sociedades -según sus tótems preferidos- sintetizan esa conjunción de símbolos y rituales que, a manera de legado, solidifican con el tiempo. Con su arsenal inofensivo de gestos y desafíos, la simpatía beisbolera convive junto a los más acalorados enfrentamientos.
Este balance popular, hecho de victorias jactanciosas y derrotas inmerecidas, roza la religión y la guerra: se asume como un acto de fe, mientras, valientes y esperanzados, aguardamos hasta el out 27… De hecho, cada competición, incitada por un fanatismo sano y severo, catapulta nuestros jugadores a una dimensión heroica.
Reglas, destrezas y economía aparte, la pelota abarca un ritual tan arraigado que arrastra al país completo. Apasiona sin distinción de grupos ni clases sociales: como el merengue y la bachata la llevamos bien adentro, y basta una señal apenas para entablar, sin demoras, el enfrentamiento pleno.
Hace tiempo que perdió su velo de entretenimiento temporal y de vocación romántica para convertirse, sin abandonar su espíritu devocional, en una empresa exitosa que se vive y se disfruta fervorosamente.
Resultaría difícil entender la dominicanidad al margen de esta pasión dicharachera. Zurcida entre las costuras del uniforme y las epopeyas de cada equipo, nuestro apego por la pelota borda y desborda, con gentilicio propio, el banderín de los favoritos. Dentro de la constelación polifacética del fanático -incluidos los que sufren y quienes nunca se han rendido- hemos construido una escuela creativa que, mediante las estadísticas y la sabiduría popular, ha graduado generaciones de eruditos. Forjados en las discusiones más sesudas -ya sea para reclamar una victoria o justificar alguna derrota inmerecida- siempre identificamos razones, motivos amenos, explicaciones sentidas.
Incluso en el juego puro, rara vez encontraremos vencedores completos o perdedores definitivos: aparecerá tanto el argumento imbatible del ganador como el chivo expiatorio que reivindica al vencido.
Con nuestra liga vernácula ocurre algo muy especial: además de franquicias históricas, cada conjunto reproduce una marca-país y un amuleto regional de aficionados enardecidos. Memorables son, por ejemplo, las contiendas entre aguiluchos y liceístas que, traspasando lo deportivo, alcanzan matices épicos. Detrás de la competencia, el orgullo atraviesa el terreno de juego, y las proezas de los personajes icónicos ascienden a los peldaños del mito.
Desde el alma de la gente común, con relatos ancestrales y un corolario riquísimo, todos los campeonatos involucran historias paralelas que acompañan y diversifican el coloreado estandarte de los equipos.
Nuestro pasatiempo invernal provoca una agradable catarsis social que, al cifrarse en conquistar la corona, parecería decidir la suerte nacional. Sin negar su grado de control social, amamos la pelota porque divierte en cualquier edad; porque su preferencia categórica forma parte de la identidad nacional. Viéndolo bien, fuera de la fama y la fortuna de nuestros muchachos, su participación en escenarios internacionales suele asumirse como elogio de los más distintivos sentimientos patrios.
Esta herencia, que realza y afianza sus máximos valores en las Ligas Mayores, entre reconocimientos y lealtades, distribuye admiración y respeto a partes iguales. Sobre la chaqueta contagiosa de los respectivos clubes, los dominicanos idolatran a sus peloteros con auténticos rituales y una devoción casi religiosa. Cargados de buenos augurios, nos entregamos a la jerga de los motes, las habilidades maestras y las hazañas incomparables de estos compatriotas que, más allá del espectáculo, son considerados embajadores honorarios.
El Clásico Mundial, sin embargo, adquirió otra dimensión: sin diferencias de colores ni simpatías particulares, izamos una única bandera, abrazados al conjuro total del equipo-nación. Y aunque no alcanzamos el sueño, nuestros muchachos honraron la patria, jugaron con esmero y corazón…y exaltaron la dignidad de todo un pueblo.