Quizás sus planes de Semana Santa estén definidos. Tal vez los ideó como merecido descanso, diversión. O para reorganizar espacios y tareas, disfrutando hogar y familia. Acaso para fortalecer vínculos con relacionados valiosos para usted.
Al hacerlo, sin embargo, ¿cómo se auto percibe, lector?
Si aún es joven, es probable que asuma esta Semana santa para hacer cualquier cosa elegida, sólo “porque sí”; sin metas.
Si es adulto, la vida le habrá entregado suficiente experiencia para pensarla como otra oportunidad para abordar algunas de las tareas mencionadas u otras pendientes, con un claro interés: mejora y desarrollo personal.
Si, al contrario, participamos de ella como necios empedernidos y, además, ególatras y avaros consuetudinarios, es momento de pensar que existen los demás; que no solo alrededor nuestro los planetas giran.
Pensémonos orbitando en torno a otros y observemos lo grandioso: hay gente que circulan —o quieren circular— a nuestro alrededor.
¿Nos satisface? ¿Lo permitiremos? Claro que sin ser riesgos mutuos. ¿Deseamos girar en torno a personas y procesos que son riesgosos para todos?
Lo igual, ¿es ventaja?
La respuesta no se obtendrá desde el egoísmo; tampoco desde la avaricia que él incuba y cuaja.
La respuesta es simple; viene, sí, de Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).
Si el lector o nosotros somos importantes, jefes, autoridad, gestores, estamos siendo orbitados por otros. Debemos saber que, desde Jesús, fuimos llamados a amar —proteger y servir— a subalternos y los demás, en todo lo posible.
Si somos satélites orbitando a otros —jefes, familiares mayores, autoridades— la obligación es similar: obedecer aunque en el amor; disciplina que no des ama, que al desamor no obedece. Amor que atiende y sirve, con júbilo, al prójimo, a los demás.
Las iglesias y organizaciones que actúan bajo preceptos gregarios, excluyentes, proclaman el amor a los semejantes limitados a quienes comparten sus parcelas políticas y organizacionales e ideológicas. Jesús es tan universal que su idea y significado de prójimo no caben en esas mentes; es tanto amor y auto-desprendimiento personal que este simple mandato suyo de vivir para los fines del amor en la tierra (Dios) no entra a sus estrechos espacios abarrotados por patológicas y absolutistas acumulaciones y egolatrías.
A ellos, sin embargo, también hay que amar. Y orbitarlos. A veces desde lejos, pues su capacidad de dañar daña, inmensa, larga.
Ante ellos hemos de presentarnos como corderos, en la humildad infinita de un Jesús que no aceptó ser liberado del sufrimiento de su carne a cambio de no cumplir el mandato de la redención: incorrupto.
¿Cuántos estamos movidos por ese amor?
Digo amor que no es moneda amontonada en las personales arcas. Que impulsa a la entrega sin esperar algo a cambio. Sólo la gracia y el tesoro grande que de la mano de Dios emana: la eterna inmensidad.
En vísperas de Semana Santa, empecemos a vivir desde el amor a todos y a nosotros, respetándonos. Sólo pidamos amor, más que inteligencia pues sin amor esta es agresiva y vana. En el amor, en cambio, el respeto subyace.
A los del odio conocerás: no toleran la palabra Jesús.