La canción “El costo de la vida” de Juan Luis Guerra cobra hoy más vigencia que nunca. Lo que en su momento fue una crítica social expresada a través de la música, hoy parece describir con sorprendente precisión la realidad que viven miles de familias dominicanas. Como dice la canción:
“El costo de la vida sube otra vez, el peso que baja, ya ni se ve. Y las habichuelas no se pueden comer, ni una libra de arroz, ni una cuarta e’ café. A nadie le importa qué piensa usted…”
Más que una composición musical, estas palabras reflejan el sentimiento de muchos dominicanos que observan cómo cada visita al supermercado, cada compra de medicamentos y cada factura de servicios representa un nuevo desafío para su presupuesto familiar.
Aunque el Gobierno se ufana en querer destacar el crecimiento económico y otros indicadores macroeconómicos como evidencia de una economía sólida, la percepción de la población suele ser distinta. Para el ciudadano común, la economía no se mide por porcentajes ni por informes técnicos, sino por la capacidad de llevar alimentos a la mesa, pagar la vivienda, cubrir los gastos escolares y conservar un mínimo de tranquilidad financiera al finalizar el mes.
De más esta decir que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) constituye un indicador importante para evaluar el desempeño de una economía, pero por sí solo no refleja el bienestar de la población. Cuando ese crecimiento no se traduce en una mejora del poder adquisitivo, la prosperidad se convierte en una cifra que pocos logran sentir en su vida cotidiana. La estabilidad macroeconómica debe tener como principal objetivo elevar la calidad de vida de la gente. Si los salarios aumentan menos que el costo de los bienes y servicios esenciales, la clase media pierde capacidad de ahorro, los sectores más vulnerables enfrentan mayores dificultades y aumenta la incertidumbre sobre el futuro. Ante esta realidad, resulta indispensable replantear la estrategia económica. La respuesta no puede limitarse a contemplar nuevas reformas fiscales que inmisericordemente incremente la carga sobre ciudadanos y empresas. El país necesita encontrar nuevas alternativas para impulsar el crecimiento del PIB mediante una mayor atracción de inversiones nacionales y extranjeras, el fortalecimiento de las exportaciones, el desarrollo tecnológico, la innovación, el respaldo a las pequeñas y medianas empresas, la reducción del gasto público ineficiente y el combate decidido a la evasión fiscal. Estas acciones permitirían ampliar la actividad económica, generar más empleos de calidad y aumentar los ingresos del Estado sin recurrir a mayores impuestos.
Las palabras de Juan Luis Guerra, expresadas en su canción “El costo de la vida”, siguen recordándonos que detrás de cada indicador económico existen personas con necesidades, aspiraciones y preocupaciones reales. El verdadero éxito de una política económica no consiste únicamente en hacer crecer el PIB, sino en garantizar que ese crecimiento se refleje en el bienestar de las familias. Ese debe ser el compromiso de cualquier gobierno: construir una economía que genere oportunidades, proteja el poder adquisitivo y permita que el progreso llegue a todos, sin imponer nuevamente sobre el pueblo el peso de nuevas reformas impositivas.