Por todos es sabido que más que infusión, el café es pretexto, motivo, causa y circunstancia. La historia de cómo un grano descendió de las montañas de Etiopía y conquistó el mundo es fascinante, y a la vez rocambolesca. Y no hablamos de la leyenda de Kaldi y lo de las cabras saltando excitadas cada vez que masticaban los frutos rojos de un pequeño arbusto; ni de cómo el mundo de quienes percibieron la fragancia de los granos tirados por primera vez al fuego cambió de repente y para siempre; hablamos del viaje desde una tierra alta, distante e indómita, hasta el corazón de los sentidos.
Hoy el café es omnipresente, cotidiano y permanente. Agua y café son manifestaciones de cortesía que no distinguen clases, niveles sociales o económicos, espacios o escenarios. Podemos ir una humilde casa o a una mansión; una oficina pública o una empresa privada; una reunión con mucha gente o un encuentro íntimo, y allí estarán esos dos, esperándonos; porque quien se precie de ser buen anfitrión siempre brindará un café; porque es así, porque así siempre ha sido.
Tomar café hoy nos resulta natural, y ya ni siquiera entra en la categoría de lujo o de subversivo. Los tiempos cambian y cuesta creer que alguna vez, una taza de café fue prohibitiva (por su precio) o prohibida (porque lo que desencadenaba). Lo del precio era entendible mientras su producción era limitada y las cadenas de distribución, deficientes.
En algún momento, durante el Imperio Otomano o en algunas partes de Europa, estuvo prohibido su consumo y clausuradas las cafeterías, ya que en torno al placer de una taza los hombres saboreaban y disfrutaban, pero también pensaban y hablaban… y de ahí a criticar y cuestionar al status quo había sólo un paso… u otra taza más.
El Enciclopedismo se fraguó en los cafés de París, que es lo mismo que decir que la Revolución de 1789 fue hija natural del café que mantenía despiertos a quienes soñaban con la libertad; como años atrás la habían soñado en Estados Unidos, renegando del té por ser tan británico (que no lo era) y abrazando patrióticamente el consumo del café como acto constitutivo de la identidad de la nueva nación.
Ahora, aunque nos rodea y es accesible en calidad y precio, lejos de ser un catalizador de revoluciones, el café se ha convertido en la excusa de las relaciones primarias; en el pretexto que buscan los amigos para verse; los que procuran cortejar a una mujer sin que se sienta tan invasivo como una salida formal, pero guardando cierto nivel de intimidad dosificada y manejable. Un pretexto calculado de baja intensidad pero de eficiencia incuestionable, porque si te acepta el café, vas por el camino correcto, pero si le echa azúcar, aún estás a tiempo de salir corriendo.