Parecería que el culpable de todos los males actuales –cual moderna “Caja de Pandora”– lo es el “multilateralismo”, los organismos internacionales, la Agenda 2030 y demás yerbas aromáticas… pero no. Más allá de los sofismas marxistas, existe una realidad anterior al hecho cierto de que las realidades materiales determinan las relaciones de producción; que estas condicionan la estructura económica de una sociedad; y que, en última instancia, esta determina todo lo demás.
Trump repetirá en la ONU todo lo que ha dicho anteriormente (y que no oculta). Recordará el nombre de los sospechosos habituales, repartirá culpas y responsabilidades, reafirmará su compromiso con el sistema de creencias que mantiene la maquinaria MAGA encendida, y hará valer el derecho que, en su concepción de la historia, le asiste a Estados Unidos para cambiarlo todo… hasta la geografía.
En su lógica de dominación imperial, lleva razón. Al fin de cuentas, todos los imperios la tienen hasta que dejan de tenerla, y ese es, precisamente, el punto. El problema de fondo no es el relato que se vende a los votantes, ni siquiera lo es la realidad actual y los desafíos geopolíticos; el verdadero reto no es la hegemonía planetaria, sino la propia supervivencia del imperio.
Paul Kennedy (1989) lo explicó magistralmente, y con ejemplos. El dilema de todo imperio (llegados a su fase de consolidación comercial, productiva, institucional y cultural) es mantener la proyección de ese poder, en función de su capacidad militar.
A la decadencia de todo imperio le antecede una fase de desgaste en la cual, el costo de mantener su maquinaria bélica y cumplir los compromisos asumidos con aliados, terceros, políticas o principios, desborda la capacidad financiera del Estado, haciendo que los ingresos sostengan el poder militar y que este justifique su existencia en proteger la estructura generativa del ingreso.
No hay forma de salir de esa trampa dialéctica que no sea reinventando la rueda de nuevo (de ahí la ferocidad con que se defiende la IA y todo lo que ella promete), o redefiniendo los compromisos y acuerdos en función de una lógica brutal de coste/beneficio, y esto sólo retrasa lo inevitable.
De Westfalia a Yalta el camino fue largo y con muchos protagonistas; de la Conferencia de San Francisco a 1991, la primacía la tuvo Estados Unidos (a pesar de la Guerra Fría). De la OMC (1995) hasta hoy, llevar el multilateralismo sobre las ruedas de una globalización dominada por Occidente habría sido fácil… hasta que despertó el dragón.
Hoy, Estados Unidos no reniega de sus acuerdos ni su esencia, simplemente no puede aceptar públicamente que, en términos financieros, ya no puede asumirlos; no sin renunciar a seguir invirtiendo lo que invierte para mantener la superioridad militar, esa que a su vez justifica, sostiene y legitima la hegemonía económica… y viceversa. He ahí el dilema.