El relato dice una cosa, los hechos, otra. La sociedad más opulenta y desarrollada de la historia, la más rica y equitativa, la más equilibrada y pacífica, la más justa e igualitaria… hoy encuentra en manos de sus ciudadanos a sus enterradores. Una generación que reniega de todas esas conquistas políticas, sociales y económicas, de los logros que en menos de un siglo han posibilitado el mayor nivel de expansión de capacidades y derechos de la humanidad. Esa sociedad, al parecer, tiene sus días contados.
Los sociólogos del futuro tendrán que buscar la respuesta convincente, a nosotros nos toca resignarnos y ver cómo todo se desmorona mientras hay gente que aplaude; como si hubiera un solo momento del pasado en el que hubiéramos vivido mejor que ahora; o, cómo hay gente que le reza a los demonios de la destrucción, como si acaso no nos sobraran infiernos; como si el camino que muchos quisieran transitar ya no lo hubiéramos recorrido antes; cómo si no supiéramos a dónde nos lleva.
El fenómeno es mundial, pero aquí, en el patio, últimamente vemos con más fuerza, repetición e insistencia, los llamados a desarmar el sistema que lo ha hecho posible todo. Es la política la que ha creado las condiciones de nuestro desarrollo, pero son los políticos quienes son presentados (y asumidos) como culpables de todos los problemas que tenemos.
Seguro que quienes lo afirman no tienen una mejor opción… y que tampoco sabrían hacerlo mejor, ya que en la cuasi mayoría de los casos, los gobiernos de los outsiders han terminado en desastres… o tragedias. En lo que sí llevan razón quienes critican la realidad política, es en la creciente pérdida de interés y fe de la ciudadanía en la democracia; en el descreimiento en el sistema electoral; en el descontento que sirve de caldo de cultivo para la protesta, la movilización, la polarización, el odio.
Que sí, es cierto que hay problemas en la política, pero, ¿no será que quienes tienen problemas son los políticos?, ¿no será que quienes hoy ejercen la política también se han montado en el carro del consumismo más obsceno?, ¿en el “fronteo” más descarado?, ¿no será que a la política se han enganchado unos patanes que carecen de empatía, les sobra frivolidad y son indiferentes a los problemas de los demás?