En el periodismo político norteamericano existe una expresión muy gráfica: horse-race journalism. Se utiliza para describir la cobertura electoral que convierte las campañas en carreras de caballos. Un candidato va delante. Otro viene cerrando fuerte. Uno pierde terreno. Otro parece acelerar en la última curva. La política deja de parecer una discusión seria sobre el futuro de un país y comienza a parecer una transmisión desde un hipódromo.
La metáfora no es nueva. Desde hace décadas se usa para criticar una forma de cubrir elecciones basada más en encuestas, estrategias y competencia que en propuestas, ideas y capacidad de gobierno. El problema no está en medir la opinión pública. Las encuestas, cuando son rigurosas, ayudan a comprender tendencias, preocupaciones y estados de ánimo. El problema comienza cuando dejan de ser una herramienta de análisis y terminan ocupando el centro de la democracia.
Entonces cambia la conversación pública. Ya no se debate quién tiene mejores respuestas frente a la inseguridad, el costo de vida, el empleo, la vivienda o la educación. La atención se desplaza hacia quién subió dos puntos, quién cayó tres, quién parece inevitable y quién quedó fuera de la competencia. La política se vuelve marcador, percepción y tendencia.
Los ejemplos recientes abundan. En Estados Unidos, las encuestas subestimaron el voto de Donald Trump en estados decisivos en 2016 y volvieron a mostrar dificultades en 2020. En Argentina, Javier Milei alteró por completo las previsiones al imponerse en las primarias de 2023, mientras que más adelante Sergio Massa obtuvo un resultado mucho más competitivo de lo que numerosos sondeos anticipaban. En distintos países, los encuestadores han descubierto que el humor social puede moverse con mayor velocidad que sus modelos.

¿Por qué ocurre esto? A veces por razones técnicas: muestras mal diseñadas, votantes que no responden, participación difícil de estimar o modelos incapaces de detectar electores silenciosos. Pero otras veces el problema está en el uso político de las encuestas. Un sondeo puede ser una medición honesta y, al mismo tiempo, convertirse en una herramienta para construir percepciones: instalar que alguien “viene creciendo”, sugerir que otro “ya no tiene oportunidad” o crear sensación de inevitabilidad alrededor de una candidatura.
Ese fenómeno tiene efectos concretos. Las encuestas no solo intentan describir la realidad política; también pueden alterarla. Influyen en el financiamiento, condicionan coberturas mediáticas, empujan alianzas, incentivan el llamado “voto útil” y, en algunos casos, desmovilizan electores que sienten que una elección ya está decidida antes de votar. Poco a poco, la competencia democrática corre el riesgo de convertirse en una batalla de percepciones más que en una confrontación de proyectos de país.
Pero una democracia sólida necesita algo más que popularidad momentánea. Necesita dirigentes capaces de comprender los problemas de la población, estudiar sus causas y explicar soluciones viables. Necesita debates serios sobre seguridad, crecimiento económico, salarios, institucionalidad, vivienda, transporte, educación y modernización del Estado. Y necesita ciudadanos tratados como personas capaces de evaluar propuestas, no como espectadores pendientes de un marcador electoral.
Las encuestas pueden ofrecer información valiosa sobre un momento determinado. Lo que no pueden medir, por sí solas, es quién entiende mejor un país, quién tiene la capacidad de formar equipos competentes, quién posee criterio en situaciones de crisis o quién podrá convertir promesas en resultados.
Por eso, leer encuestas no está mal. Lo equivocado es confundirlas con la realidad política completa. Una encuesta es apenas una fotografía parcial de un instante; una elección es una decisión colectiva atravesada por emociones, incertidumbres, expectativas y silencios que muchas veces no aparecen en ningún formulario.
Quizás por eso conviene devolverle profundidad a la política. Menos obsesión por los marcadores y más discusión sobre ideas. Menos fascinación por quién encabeza un sondeo y más exigencia sobre quién está realmente preparado para gobernar. Las encuestas pueden medir estados de ánimo. Lo que no pueden reemplazar es la obligación de pensar un país.