Dentro de poco estaremos a mitad de octubre, y de ahí a diciembre, hay sólo un paso, un suave pestañear en lo que los ojos se acostumbran a una nueva fecha que aún no llega, pero que intuimos próxima.
Uno lo sabe, no sólo por experiencia, sino también por observación; porque los periódicos impresos ya vienen con encartes de publicidad navideña; porque en las casas comienzan a desempolvarse los arbolitos y todos los bicuises; porque en los balcones comienzan a aparecer bombillitos, y un sinfín de luces y letreros aparecen colgados en casas, apartamentos, aceras y calles.
El año se va, pero todavía se vive en la etapa de transición hacia el siguiente, y nadie piensa en cómo empezará el próximo, sino en cómo terminará este. No es para menos. Si el mundo sigue como va, llegar vivos a final de año será la mayor de todas las proezas.
Y es que, aunque en el futuro los historiadores lo verán todo clarísimo, y afirmarán que tal día a tal hora fue que la civilización occidental se jodió, casi con la misma certeza con que los historiadores actuales dicen que el Imperio Romano de Occidente cayó el 06 de septiembre de 476 –no antes ni después, sino ese día, que por cierto, era martes–, lo cierto es que, en rigor, no será así.
Podrán inventarse un hito, una noticia relevante o un acontecimiento tan grande que, por su dimensión, será seleccionado como la fecha clave; el parteaguas que definirá el antes y el después, pero no. Los procesos son procesos, e incluso las revoluciones, que son grandes cambios cualitativos en unidades cuantitativas temporales muy cortas, suelen ser consecuencia de dinámicas que empezaron mucho antes de lo que convencionalmente se acepta como fecha definitiva de un cambio de era.
La celebración de la navidad no será dentro de dos meses y algo, sino que ya todo está corriendo al ritmo imperceptible que define todos los procesos sociales; de la misma forma que la “caotización” de la República Dominicana está ocurriendo todos los días, frente a nuestras narices; cada vez que vemos cómo los motoristas violan todas las leyes, rompen cristales o amenazan en manada; cuando vemos cómo la violencia se normaliza, al igual que la degradación de la calidad de la educación; y un largo etc. que no cabría en todas las palabras de este periódico.
Porque al final, lo que ocurrirá en el futuro podemos verlo ocurrir en el presente, sólo que a cámara lenta. Aplica para la política, y también para el amor, porque cuando aceptamos ese encuentro, ese café, con esa persona, sabemos aun antes de sentarnos ahí, que estamos condenados al más dulce fracaso… pero, aún así, a pesar del riesgo inminente, aceptamos. Quizás, así funciona todo.