En países en vías de desarrollo no se justifican los adelantos tecnológicos, cuando la corrupción sangra el erario en detrimento de las grandes mayorías nacionales. El auge de la corrupción lacera los índices económicos, desvirtuando su real repercusión en la calidad de vida de los ciudadanos. La política educativa viola el 4% por Ley a la Educación, vulnerando así a una población que no puede insertarse en su rol de ser económicamente activa. Un desarrollo basado en los empréstitos y dadivas burocráticas de solidaridad es una traición a las futuras generaciones, haciéndolas dependientes del paternalismo, alejándolas de lo más preciado, crecer en su nivel educacional. Un gobierno permisivo al dolo que premia la impunidad no es más que un promotor de lo indecoroso, que golpea la inversión de valores contenidos en la filosofía Duartiana en su desprendimiento y sentido patriótico. La patria está por encima de los gobernantes, basando su progreso en la institucionalidad y el respeto a la confrontación de las ideas, sin la compra de conciencias corruptora de los estamentos que imposibilitan la equidad en un sistema de derecho; de tal forma que los lideres juegan a la gobernabilidad, anteponiendo sus propios intereses y no los de la nación. En definitiva, la voluntad política debe asumir con todo el peso de la Ley, la transparencia de los recursos del patrimonio nacional. El pueblo dominicano aspira a una justicia que dé respuestas ejemplarizantes, garantizando un clima de paz social, seguridad ciudadana, y, sobre todo, un verdadero cambio de grandes transformaciones.
Corrupción vestida de progreso
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