En estos (pocos) años después de la pandemia, algo me preocupa profundamente: pareciera que el mundo quiere pasar la página demasiado rápido. Como si lo que vivimos fuese simplemente un mal sueño. Pero cuando uno mira con honestidad, la realidad es otra: la salud se reveló como el verdadero eje de la seguridad humana y nacional.
Durante años, en mis trabajos de apoyo operacional médico a agencias de seguridad, siempre he utilizado una frase que aprendí en el terreno y que llevo conmigo hasta hoy: la razón de existir de las agencias de seguridad está fundamentada en el riesgo y en las posibles consecuencias sobre la vida y la salud. Ese es su núcleo, su mandato, su justificación última. Y ahora, al abordar temas de políticas públicas desde un marco más amplio (un “macro” mayor) la conclusión es exactamente la misma: la seguridad humana no puede existir sin la salud. No hay economía, no hay gobernanza, no hay estabilidad posible cuando el sistema que sostiene la vida está en crisis.
La pandemia nos obligó a redefinir conceptos que dábamos por sentados. Por décadas, “seguridad” era sinónimo de fronteras, policía, defensa. Hoy, seguridad significa la capacidad real de un país de proteger la vida (y salud) de su gente frente a toda amenaza. Bajo esa definición (la correcta, la moderna, la inevitable) la salud deja de ser un sector y pasa a ser una “infraestructura crítica” del Estado.
Sin embargo, después de todo lo vivido, hemos vuelto a la inercia. A dividir la agenda en compartimentos: economía por un lado, seguridad por otro, salud como un asunto social (a veces hasta secundario). Una fragmentación peligrosa. La pandemia demostró que la salud es el punto de convergencia de todo lo demás. Cuando la salud falla, falla todo: la gobernanza, la economía, la educación, la movilidad, las cadenas de suministro, el turismo, la estabilidad social.
La seguridad en salud es la capacidad de prevenir, detectar y responder a amenazas biológicas, naturales, tecnológicas o intencionales que afectan la vida de la población. Es un concepto amplio, moderno y profundamente político. Requiere inversión, gobernanza, coordinación y visión de Estado. Y, aunque la pandemia nos lo gritó directo en la cara, nos hemos quedado en discursos olvidados y no hecho lo suficiente para fortalecer.
También debemos hablar de algo aún más fundamental: la seguridad humana. Este marco no se enfoca en proteger territorios, sino en proteger personas. Busca garantizar que cada quien pueda vivir sin miedo, sin miseria y sin amenazas a su dignidad. En esa definición, la salud no es un componente adicional: es la base. Sin salud,sin nutrición, sin agua, sin acceso a servicios dignos, no hay seguridad humana. No hay desarrollo. No hay futuro.
Y aquí llegamos a un punto que, como región, hemos manejado mal: la falta de transversalidad. La salud se sigue tratando como un capítulo dentro de la caridad de la política social, cuando debería ser la primera línea de la política económica, ambiental, educativa y de seguridad. Porque la salud empieza mucho antes de llegar a un hospital. Empieza en si un niño tiene comida suficiente y nutritiva. Empieza en si una comunidad tiene agua potable. Empieza en si la vivienda es digna. En si una madre puede acceder a atención sin endeudarse.
La salud es, en esencia, un derecho que se encarna en condiciones muy concretas de vida.
Y aun así, en nuestras agendas post-pandemia, estos temas quedaron incompletos. Lo vimos en el hemisferio. En la Cumbre de las Américas en Los Ángeles, se hablaron grandes verdades: la necesidad de cadenas de suministro resilientes, la urgencia de producir medicamentos e insumos de manera regional, la importancia de modernizar la vigilancia epidemiológica, de compartir datos, de armonizar regulaciones. Hubo claridad. Hubo consenso.
Pero faltó lo más importante: continuidad y ejecución política. Como región, nos movimos rápido para controlar la crisis, pero lentos para construir resiliencia. La pandemia nos entregó una oportunidad histórica para reorganizar prioridades, y la dejamos pasar. Hoy seguimos siendo vulnerables a los mismos puntos débiles de antes: sistemas fragmentados, financiamiento insuficiente, desigualdades profundas y una desconexión peligrosa entre salud y las demás áreas del Estado.
Por eso insisto: las agendas responsables en un mundo post-pandemia deben necesariamente incluir la salud como un eje transversal, sosteniendo el principio más básico de todos: el derecho fundamental a la atención de salud digna y basada en evidencia.
La pandemia nos dio una lección brutal, pero también una claridad que pocas veces se tiene en política: los países que protegieron la salud de su gente protegieron todo lo demás. Los que no lo hicieron, perdieron capital político, estabilidad económica y cohesión social. Eso no fue teoría; fue realidad vivida. La seguridad en salud no es un lujo, ni un discurso, ni una moda. Es una responsabilidad política y moral. Es la base sobre la cual un país demuestra si puede (o no) dar seguridad a su gente.