En las últimas semanas, los titulares se han centrado en los primeros indicios de tensión en el mercado del crédito privado, valuado en 2 billones de dólares, especialmente entre las sociedades de desarrollo empresarial que no cotizan en bolsa. Estos fondos, que conceden préstamos a pequeñas y medianas empresas estadounidenses, cuentan actualmente con unos activos de aproximadamente 270.000 millones de dólares.
Pero los temores de una inminente crisis del crédito privado son exagerados. La salud de cualquier mercado crediticio -privado o público- depende en última instancia de los mismos cuatro factores que han impulsado todos los ciclos crediticios de la historia.
El primer factor, que afecta especialmente a la industria de los seguros y al sistema bancario, es la calidad de la suscripción y los canales a través de los cuales se transmiten las pérdidas crediticias. En este sentido, hay motivos para estar preocupados, ya que las operaciones de crédito privado suelen caracterizarse por cláusulas más débiles y estructuras más permisivas que los préstamos bancarios convencionales.
Aun así, si bien es difícil cuantificar el alcance total de la exposición del sector asegurador, las reservas de capital existentes deberían ayudar a absorber las pérdidas derivadas de los préstamos con bajo rendimiento. El Fondo de Seguro de Depósitos de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos ascendía a 154.000 millones de dólares a finales de 2025, aproximadamente el triple de su nivel anterior a 2008. La Asociación Nacional de Comisionados de Seguros también ha indicado que las carteras de las compañías de seguros están bien protegidas contra los riesgos adicionales asociados al crédito privado.
Asimismo, los riesgos para el sistema bancario parecen limitados. La escala global del crédito privado sigue siendo relativamente pequeña, especialmente en comparación con el mercado hipotecario antes de la crisis financiera de 2008. Con unos 2 billones de dólares, el mercado de préstamos directos representa alrededor del 3% de la deuda total de los hogares y las empresas estadounidenses. Las hipotecas, por el contrario, constituían aproximadamente el 60% de la deuda total de los hogares y las empresas en 2006, en el punto álgido de la burbuja inmobiliaria.
Los bancos también están en gran medida protegidos del riesgo de primera pérdida, que suele recaer en los inversores en crédito privado. Y, a diferencia de lo que ocurrió en 2008, es más probable que los impagos en el crédito privado se produzcan de forma gradual en lugar de todos a la vez. Esto sugiere que los límites de reembolso del 5%, comunes en los fondos de crédito privado, podrían tener un efecto más estabilizador de lo que muchos suponen. Si bien son controvertidos, estos límites desaceleran los retiros y alivian las presiones inmediatas de liquidez.
El segundo factor determinante de la salud del mercado crediticio es quién asume en última instancia el riesgo. Los problemas suelen surgir cuando los inversores “equivocados” -en particular, los inversores minoristas relativamente inexpertos que buscan mayores rendimientos mientras mantienen activos inherentemente ilíquidos, así como las instituciones que se dedican al arbitraje regulatorio- son los que están expuestos. Por ejemplo, algunas aseguradoras utilizan estructuras de crédito privado para obtener un trato regulatorio favorable, lo que les permite mantener menos capital para respaldar sus inversiones. Como resultado de ello, sus posiciones pueden parecer menos riesgosas de lo que realmente son.
El tercer factor es el apalancamiento. El apalancamiento excesivo ha sido un factor determinante en las crisis crediticias del pasado, con pérdidas que se extendieron por todo el sistema bancario hacia la economía real. Sin embargo, el cambio en la creación de crédito, que se ha desplazado de los bancos a las instituciones financieras no bancarias, ha reducido el apalancamiento dentro del sistema bancario tradicional, lo que ha atenuado los riesgos en comparación con ciclos anteriores.
Pero ese cambio conlleva sus propias preocupaciones. Según la carta anual a los accionistas del CEO de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, las instituciones no bancarias representan el 64% de los préstamos apalancados, frente al 54% en 2010. Sorprendentemente, la participación de las entidades no bancarias en la concesión de hipotecas aumentó del 9% al 77% durante el mismo período. En consecuencia, una porción cada vez mayor del riesgo crediticio se encuentra ahora fuera del sistema bancario tradicional y, en cierta medida, fuera del alcance de los reguladores.
En la práctica, el apalancamiento ingresa al sistema financiero de dos formas principales: a través de la deuda contraída por los prestatarios y a través del endeudamiento de los inversores y los propios fondos de crédito. Por parte de los prestatarios, los niveles de deuda parecen relativamente estables, con un apalancamiento que aumenta solo modestamente, pasando de 4,8 veces las ganancias en 2024 a poco más de cinco veces las ganancias en 2025.
La fijación de precios es mucho menos transparente, pero existe una percepción creciente de que algunos préstamos se han valorado de forma demasiado agresiva, lo que les permite a las empresas contraer más deuda de la que justifican los fundamentos. A su vez, un mayor apalancamiento erosiona el capital propio y reduce las tasas de recuperación a medida que las condiciones se deterioran.
A nivel de los fondos, los acreedores suelen pedir prestado y luego prestar a las empresas. Si bien esto puede aumentar la rentabilidad en épocas de bonanza, también puede agravar las pérdidas en épocas de recesión. Esas pérdidas pueden propagarse luego por el sistema financiero y afectar a la economía en general. Sin embargo, los controles crediticios y los mayores requisitos de capital, como los impuestos a las instituciones financieras de importancia sistémica global tras la crisis de 2008, ayudan a reducir el riesgo de que los impagos se propaguen a la economía real.
El cuarto factor para los mercados de crédito es la calidad de los activos que se financian. La cuestión clave es si esos activos generan flujos de caja consistentes, o si la deuda está vinculada a inversiones especulativas o improductivas como las criptomonedas, el arte y los terrenos sin urbanizar, lo que puede dejar a la economía en general vulnerable a una crisis crediticia.
Más recientemente, la atención se ha centrado en las empresas con pocos activos, que ofrecen garantías limitadas en caso de dificultades financieras. Según JPMorgan, las carteras de crédito privado tienen una exposición de aproximadamente el 40% a los sectores tecnológico y de servicios empresariales, superior a la de cualquier otro segmento del mercado.
Los inversores tienen motivos para preocuparse por esa cifra. Aun así, desde una perspectiva más amplia, el riesgo que supone es menos amenazante a nivel sistémico que el auge de las hipotecas de alto riesgo que alimentó la burbuja inmobiliaria anterior a 2008.
En conjunto, estos acontecimientos apuntan a un mercado que merece un escrutinio minucioso, pero que no se está acercando a una situación de crisis. Por ahora, las predicciones de un colapso del crédito privado parecen adelantarse a los hechos.