El año nuevo no cambia la vida por sí solo. Cambia el calendario y nos coloca frente a otra oportunidad, pero no borra lo vivido ni nos hace fingir que todo empieza de cero.
El año que terminó dejó aprendizajes, cansancio, aciertos, errores y momentos que marcaron. Por eso este inicio también es un ejercicio de gratitud por lo que salió bien, por lo que no salió como esperábamos, pero enseñó, por lo que dolió y aún así no nos detuvo. Por todo lo que nos trajo hasta aquí.
Enero nos recibe sin exigir versiones irreales de nosotros mismos, sino más bien para invitarnos a hacer ajustes, a revisar hábitos, replantear prioridades y decidir con más conciencia cómo queremos vivir los próximos 365 días.
Sin prometer demasiado, este 2026 es otro chance para ser constantes, corregir a tiempo, enfocar esfuerzos donde realmente importa, para entender que avanzar no siempre es ir rápido, pero sí ir con intención.
Este nuevo año también abre espacio para valorar lo simple, para cuidar la salud, para fortalecer vínculos, para hacer más de eso que nos da vida y menos de lo que nos desgasta y para trabajar por los sueños sin perder la calma en el camino.
No todo tiene que transformarse de golpe. Es suficiente con empezar bien, con agradecer lo vivido y mirar hacia adelante con la convicción de que siempre se puede hacerlo un poco mejor.
Que más allá de trazarnos metas materiales (válidas y necesarias también) nos tracemos metas intangibles, que trabajemos en nuestra actitud, nuestra disciplina, nuestra tranquilidad, nuestro amor propio, nuestro bienestar.
Que este año sea eso. Seguir, aprender y caminar confiados en la misericordia y el amor infinito de Dios.