Hay algo muy nuestro en la forma en que manejamos el tiempo. Nos avisan con semanas de antelación que tenemos que hacer ciertas cosas, nos recuerdan fechas, lo vemos venir y aun así pensamos que no hay prisa, que eso se resuelve después, hasta que el después llega y ya el asunto cambia. Enero es el mes más relegado a ese escenario con el famoso “se quedó para enero”.
El marbete es otro buen punto de partida para hablar de esto, casualmente también en ese mes. Sabemos cuándo toca, sabemos qué pasa si no lo pagamos y aun así lo dejamos para último. Ni siquiera por irresponsabilidad, sino más bien porque confiamos en que el tiempo siempre se va a estirar un poquito más.
Somos muy buenos posponiendo, lo curioso es que cuando llega el último día, llega también la queja, todo se siente caro, todo se junta, todo aprieta, pedimos prórrogas, protestamos, sentimos que el sistema nos arrolla. Y muchas veces no es que no tuviéramos tiempo, es que creemos que funcionamos mejor bajo presión o la adrenalina del último momento.
Eso es procrastinación, un hábito muy humano que nos da una falsa sensación de control, porque el problema no es dejar cosas para después. El problema es sorprendernos cuando el después llega, como si no lo hubiéramos visto venir desde lejos.
En el caso dominicano, creo que esto tiene un matiz cultural. Vivimos con la idea de que todo se acomoda, de que siempre hay una extensión o una excepción, por eso seguimos creyendo que no pasa nada, hasta que pasa.
Y aun así, hay algo bonito en reconocernos así, incluso causa humor vernos imperfectos entre el “después lo hago” y el “ya no hay tiempo”. Seguimos aprendiendo, a veces con calma y otras veces corriendo.