Mons. Ramón Benito de la Rosa y Carpio
Nunca olvidemos a quienes sufren en su cuerpo, en su mente o en su alma. Todos, en algún momento, necesitamos del otro para sostenernos.
Y ahí entra la fe a recordarnos que todos miembros de un mismo Cuerpo: el Cuerpo de Jesucristo. Cuando uno cae, el cuerpo entero siente el peso; cuando uno es levantado, todos se benefician.
No basta saber que alguien sufre; es necesario acercarse y acompañar.
A veces el mayor alivio es sentirse acompañado, saber que no se está solo.
Compartamos solidariamente el dolor de los demás. Es un acto profundamente humano y cristiano. Allí, Cristo mismo se hace presente y la esperanza, poco a poco, vuelve a nacer.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.