Ausencia de Rusia en el escenario de los cambios mundiales que definirán el futuro
Con frecuencia la prensa recoge en declaraciones y en análisis la idea de que Rusia no quiere poner fin a la guerra en Ucrania, eso lo expresa con frecuencia Volodimir Zelensky y ocasionalmente se hacen recuentos del coste que esta ha tenido para ella, se indica que ha sufrido 1.2 millones de muertos y la pérdida enorme en equipos, independiente de los fondos embargados. El coste humano y económico ha sido terrible, pero el estratégico ha sido mayor.

Rusia es un país enorme, el de mayor tamaño de la tierra y dispone de recursos inmensos, sobre todo energéticos, pero la guerra la ha llevado a la casi irrelevancia y, si bien sigue siendo la segunda potencia militar, su eficacia en Ucrania y Venezuela la ha puesto en entredicho en entredicho.
No ha podido ganar una confrontación directa a un país pequeño, que en 1991 tenía el tercer armamento nuclear más grande del mundo y que se desarmó en 1996 fruto de los acuerdos, entre USA y Rusia, posteriores a la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS a cambio de garantías de seguridad: El Zar violó esas garantías invadiéndolo y destruyéndolo, pero no lo ha vencido, lo que en gran parte se debe a errores de cálculo.
La invasión del 24 de febrero del 2022 prevista para conquistar Ucrania en tres días se ha convertido en un atolladero bélico, no se previó la eficacia y disposición patriótica de los militares ucranianos, ni el apoyo decidido – militar y financiero – de occidente, tampoco la capacidad creativa de los invadidos que con drones de pocos miles de dólares han destruido gran parte del carísimo arsenal militar de la segunda potencia.
Rusia tuvo un respiro con la llegada del presidente Trump el pasado año que desarticuló la estrategia europea y en el último año impulsó sus ataques destruyendo gran parte de la infraestructura ucraniana, sobre todo en este invierno, pero no los quebró.
Entretanto dos fenómenos se han ido desarrollando, el primero, el efecto económico devastador de la guerra en la economía rusa cuyo comercio ha colapsado y, el segundo que por efecto de la impronta de la doctrina Trump que ha forzado un rápido reordenamiento del mundo, Rusia convertida en vasallo de China, ha quedado totalmente relegada, incapaz incluso de apoyar con petróleo – que tiene de sobra – a su socio latinoamericano más antiguo y leal, Cuba.
Putin que aspiraba a un liderazgo imperial ocupa un papel secundario en los BRICS, órgano “sustituto de la ONU y del dólar” del que es fundador; está detrás de India y de China y en el resto del mundo ha sido convertido en un paria con órdenes de captura en una gran cantidad de países que hacen humillante y dificultosos sus desplazamientos. Sobre todo, en su continente, Europa.
El mundo desvertebrado por las políticas comerciales y 9 ataques militares del presidente norteamericano se recompone sin Rusia al tiempo que obligó a Europa a despertar de su sueño de bienestar aguijoneados, tanto por la inseguridad del apoyo gringo, como por la certeza de que una Rusia vencedora constituye una amenaza continental.
La guerra en Ucrania representa un costo impagable para Putin y, si no le pone fin de inmediato con cualquier pretexto, es porque ha quedado ciego por la herida a su orgullo imperial. La última muestra ha sido la conferencia de Munich.
Rusia pasó de ser cabeza de una dictadura de partido como centro de la URSS a ser una autocracia – que no perfeccionó su capitalismo – que lleva 26 años en el poder, en consecuencia, a nadie le sorprenden las medidas de control y la ausencia de derechos de las personas, pero, la extensión de una guerra inganable está afectando la vida diaria en lo básico, alimentos, medicinas y precios y, sobre todo, el ostracismo tecnológico.
Las dictaduras, ocasionalmente, entre las ventajas que suelen tener frente a las democracias que cambian con frecuencia de líderes y hasta de rumbos, es la permanencia. Para un país comunista, Xi Jinpin cuyo mandato es indefinido, es una ventaja frente a Trump que sólo dispone de 4 años y está obligado a ciertas reglas de control democrático; Putin, por su parte, con más de 26 en el poder, es el más longevo de los presidentes del mundo y, eso pudo ser una ventaja estratégica que está perdiendo.
Sobre todo, porque esos bombardeos nocturnos – a diario- a zonas civiles con los que cada noche las redes y la televisión alimentan el insomnio de cualquier persona decente no son distintas de las imágenes de Auschwitz. Son genocidas.
La ventaja del liderazgo zarista de Putin en un momento de transformación del orden mundial ha debido ser obvia, pero por la guerra con Ucrania, país al que invadió sin razón admisible y al que no ha podido vencer, la ha perdido por lo que el coste mayor, luego de resurgir Trump, es la “ausencia de Rusia en el escenario de los cambios mundiales que definirán el futuro”, un futuro que, además, enfrentará notablemente debilitada militar, tecnológica y económicamente.