En los escenarios de búsqueda y mantenimiento del poder no faltan actores que participan en los procesos con más intención empresarial que social; más enfocados en buscarse unos “cuartos” para su beneficio que en impulsar los temas de las agendas nacionales: desarrollo, democracia, ampliación y consolidación de derechos y, tanto como eso, el fortalecimiento de las capacidades poblacionales para satisfacer, de formas cierta y creciente, sus necesidades.
La magia trae el tema a colación. Una poderosa, a la cual la vida nos tiene acostumbrados: viene y se planta sin anuncio, ton ni son; sin haber sido invocada. Quizás para hacernos recordar que Dios está delante de nuestros pasos, abriendo caminos, haciéndonos prudentes advertencias.
Y las hizo hoy, bien temprano.
Apenas encendí el móvil estaba ahí: “Rethinking Reciprocity”, el artículo más reciente recibido de “Trends in Cognitive Sciences”, escrito por Sarah Mathew y Robert Boyd, afiliados al Instituto de Orígenes Humanos de la escuela de Evolución Humana y Cambio Social de la Universidad Estatal de Arizona, en la ciudad de Tempe de ese estado norteamericano.
Ingreso al vínculo y llego al ensayo; de inmediato obtengo la sinopsis: “Existen inconsistencias cruciales entre la teoría de la reciprocidad y las asociaciones de cooperación a largo plazo en el mundo real”.
¡Wao!, exclamo y al decirlo recuerdo a Junot Díaz.
¿Cómo es posible?
Está claro que mistifico esta experiencia y pienso: ¿Dios nos está hablando? ¿Nos advierte?
Porque después de informar que, contrario a lo que se esperaría, “las personas toleran desequilibrios significativos entre la ayuda prestada y la recibida” —¿dar sin esperar algo a cambio?— y que, siendo poco “sensibles a la relación beneficio-costo”, tienden a centrarse en las perspectivas a largo plazo, es decir ¡no pierden la esperanza!
De tal modo, los modelos recientes desarrollados en este campo se centran en definir con claridad “con quién cooperar” antes que “en cómo cooperar”. A juicio de los autores, este enfoque mejora la calidad de los datos.
El modelo se enfoca, por otro lado, en “conocer cómo se comportan las personas en las relaciones íntimas”; también en descifrar “los mecanismos psicológicos implicados en el cultivo, mantenimiento y reparación de dichas relaciones”. Juntos, se consideran capaces de enriquecer esta teoría.
No son opiniones nuestras, lo afirman los investigadores mencionados.
Aunque en nuestros escenarios políticos, académicos y de las ciencias sociales este tema brilla por su ausencia, estos dos autores afirman que “La teoría de la reciprocidad goza de gran prestigio en las ciencias sociales evolutivas” al ofrecer explicaciones sobre “la cooperación entre individuos no emparentados”.
Notamos diferencias con Claude Lévi-Strauss. Este abordó las relaciones de parentesco en sociedades aborígenes enfocando la reciprocidad desde la óptica socio-estructural; estos autores, desde la evolutivo-psicológica; recurriendo a las matemáticas para incorporar el dilema del prisionero iterado, buscando discernir qué estrategias son evolutivamente estables en diversas condiciones, “incluyendo escenarios con errores de comportamiento”.
Lo clave parece ser que “los hallazgos de la investigación empírica sobre cooperación diádica en humanos difieren significativamente de las predicciones teóricas”. ¡Es la cosa!
Hemos sido advertidos, de manera cuasimágica. No creáis en cuentos, nos dijeron. Ojo, pues. A cuidar de quién esperamos reciprocidades.