Abordamos las artes en la dimensión de su vocación y función dualista: cultural y mercantil; como vehículo social cuyas formulaciones emergen de dos misiones asumidas. La primera: transmitir ideas y sentimientos sobre la cosmogonía y la condición social que perciben o experimentan colectivos e individuos; la segunda, producir para satisfacer la demanda de los mercados.
Las opciones que para operar en artes ofrece esta dualidad no son —se sabe— excluyentes. Incluso cuando una de ellas existe hiperbólica o en radical pureza, no elimina una de las paradojas de la cotización artística: su apreciación se incrementa en proporción directa al grado en que la primera (cultural) se patentiza. Belleza de mercado y función cultural, sin embargo, son interdependientes.
La “contemplación” verifica la calidad y función cultural de las obras en todos sus planos. Interactuando con ella, las descubre como componentes integrales de su estructura, significado social y realidad única, original y renovante. Esos factores “explican” su otro valor: el monetariamente inexpresable.
En esta modalidad, las obras se validan al concitar interés público, ciudadano y —desde estos— de los mercados. El precio que se les asigne no agotará su progresivo valor cultural. Desde los años 90, muchos economistas intentan consensuar esta “discrepancia”.
Las destinadas a satisfacer la demanda del público quedan como bienes de uso. En arte significa que renuncian a pretender funciones culturales que superen la herencia, lo vigente, lo “a la moda”. Pueden ser —y en muchos casos lo son— piezas de calidad y factura excepcionales: halagan el gusto predominante que las considera hermosísimas.
Al constituirse en mercancía, este tipo de obras se configuran cual producto invariante. Presas de estilos definidos, encasillan al “artista” en discursos poderosamente previsibles, atávicos. El caso más exitoso al respecto es la obra del colombiano Botero. En este, la precitada paradoja se activa inversamente: satisfaciendo el gusto de los adinerados, su obra se cotiza. La pregunta “¿Y qué de la función cultural sosteniendo el precio?” queda como tema para la historia. Recordemos que la obra de Ernest Meissonier (Francia, n. 1815 – †1891) —quien tanto influyó en la pintura argentina— titulada “Friedland (1807)” estableció un hito al venderse por $380,000 francos: 315 salarios de un obrero, y que su “1805, coraceros antes de la carga”, alcanzara $400,000 francos, catorce años después del Salón impresionista de 1874. Actualmente, el precio superior pagado por una obra suya ocurrió en 2002: US$548,500, alrededor de 32 salarios promedio. Más que apreciarse, se devaluó.
En igual período, Théo ofrecía los lienzos de su hermano Vincent van Gogh entre $50 y $100 francos, 6.25% de aquel salario, sin lograr venderlos. El pasado 20 de noviembre, Sotheby’s martilló “Piles de romans parisiens et roses dans un verre (Novelas parisinas), 1887” de este artista por US$63 millones, equivalentes a, aproximadamente, 15,710 salarios franceses (promedio) de un obrero calificado.
Al parecer, los precios que se logran bajo condiciones y visiones de gusto general predominante no están exentos del riesgo vinculado a los cambios de paradigmas históricos y estéticos que los sistemas de validación puedan incorporar. Sin que esto confiera derecho a afirmar que la belleza extrema sea riesgosa. Ahí ingresa René Magritte.
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