Si el adjetivo “consistente” deriva del sustantivo “consistencia”, entonces, según la RAE, su uso se aplica a la «duración, estabilidad, solidez” que exhibe la naturaleza (o cualidades) del objeto o (las actuaciones) del sujeto sobre el cual nos referimos.
Al respecto, ¿cómo podríamos calificar la política exterior del gobierno, a la luz de la nueva realidad aposentada en el Despacho Oval desde enero de 2021? ¿Bajo cuáles términos podríamos etiquetarla? En tiempos de incertidumbres y pocas certezas, ¿qué criterios debe utilizar un presidente al momento de formular y ejecutar la política exterior de un país?
Para la “izquierda melódica”, el sustantivo “imperialismo” permite etiquetar en términos morales cualquier acción del gobierno de turno, y decidir quién va para el zafacón de la historia y quién no. La poesía y los sofismas son útiles al momento de construir una realidad alterna a la realidad, pero no para describir el mundo real. En los hechos, ese mundo está patas arriba y las cancillerías de todos los países están desconcertadas y descolocadas (sí, todas, sin excepciones), y la razón es sólo una, con nombre y apellido. Nos guste o no.
Para los países de la periferia imperial, la situación es de cuidado. La Doctrina Monroe ha cambiado de nombre, pero sigue siendo la misma. Toca prudencia, manejo y cálculo. Saber perder en lo poco e inmediato (arroz) para tratar de ganar en lo mucho y a medio plazo (desmonte de aranceles); de la misma forma que toca no alinearse, entregarse o doblar demasiado la rodilla, sino saber ser estratégicos y entender que nuestro mayor aliado es nuestro mejor socio, y que esa relación se ha construido (a las buenas y a las malas) sobre la base de décadas de dependencia, vinculación económica, financiera, migratoria, afectiva, etc.
Que sí, que la política exterior dominicana parecería una extensión de la de Washington, pero, ¿acaso hay margen de maniobra? En tiempos de tormenta y con el mar embravecido, la mayor victoria consiste en no ahogarse, esto es, mantener la nariz fuera del agua, intentar respirar y esperar que el mar se calme… porque siempre se calma.
Al margen de eso, toca reconocer que la política exterior dominicana ha sido consistente en los aspectos morales (si es que acaso existe tal cosa en la diplomacia). ¿O acaso vamos a olvidar que, tan pronto como el 16 de agosto de 2024, Luis Abinader reiteró en su juramentación (y en las Cariátides), el compromiso del gobierno con la democracia en Venezuela, aún antes que el propio Trump iniciara acciones al respecto?
En esa lógica, el cierre de nuestra embajada en Nicaragua debe verse como una reiteración de la defensa la democracia en la región, que el gobierno ha asumido como bandera, y que, a riesgo de ir a contracorriente, la mantiene dignamente en alto. Y eso hay que apoyarlo.