Lo que no pudo hacer la bomba atómica lo acabará haciendo la híper conectividad tecnológica. Es curioso cómo todas las películas futuristas y distópicas imaginaron una sociedad colapsada por la guerra nuclear, y, sin embargo, serán las redes sociales las que lograrán el objetivo primario que persigue toda guerra, esto es, el quiebre del fundamento social que cohesiona a toda sociedad.
Que la capacidad de escucha y atención se haya reducido; que las plataformas que crean contenido audiovisual (películas, series, etc.) hayan decidido ajustar sus productos a la capacidad de atención de los usuarios; que no seamos capaces de estar todos juntos en un lugar sin que todos al mismo tiempo estemos mirando el celular, intentando ocupar nuestra mente con cualquiera de las opciones que brindan las redes (Instagram, Tiktok, X, WhatsApp, etc.), con tal de evadir la necesidad obvia de dialogar con quienes nos quedan al lado –no con quienes están a kilómetros de distancia–, no quita el hecho de que seamos siendo gregarios.
La clave del éxito del sapiens sobre los demás homínidos fue su capacidad de socialización; dinámica que nos permitió coordinar y potenciar el esfuerzo colectivo necesario para emprender las acciones de las cuales dependía nuestra supervivencia, tales como la caza, las migraciones, el fuego, entre otros.
Ahora, todo eso está en entredicho, y en menos de 15 años el mundo ha cambiado radicalmente en términos colectivos y generacionales. Nuestros hijos no saben estar sin un teléfono… ni sus padres tampoco. El uso abusivo de la tecnología está privilegiando el voyerismo consumista sobre el consumo mismo; la alienación de clases ha sido consumada y es más importante aparentar que ser; tener que ser. El proceso es irreversible y ni siquiera un pulso electromagnético solar que nos retrotraiga a la edad pre industrial podrá salvarnos.
Las nuevas generaciones no interactúan ni les interesa, y este escaso desarrollo de sus habilidades sociales limita su capacidad de interacción en tiempo real con los demás, haciendo innecesario el sexo cada vez más, pues eso corresponde a los mecanismos de vinculación de “la manera antigua”, es decir, a los de nuestra generación.
El problema es que 10 años de nuevos hábitos no pueden cambiar lo que a la evolución le tomó cientos de miles de años. Las endorfinas están ahí, y hemos sustituido la dopamina que nos brindan las redes sociales por el hecho cierto de que estamos hechos para reproducirnos y perpetuar la especie, y que todo lo demás es superfluo si no gira en torno a este imperativo procreador.
Pero nada de eso parecía importarles a la pareja de adolescentes que se besaba apasionadamente mientras bajaba la escalera eléctrica de Blue Mall, ignorando estas reflexiones inútiles y entregados a un amor que seguramente creían perfecto y eterno… aunque probablemente acabe mañana. Pero ellos ni se enteraban mientras yo los miraba feliz, esperanzado, pensando en el futuro del sapiens.