El inicio del declive
El 14 de julio de 2002 no solo murió Joaquín Balaguer.
Entre tú y yo, ese día comenzó también el lento apagarse de un partido que, en sus mejores tiempos, fue una verdadera maquinaria de poder: el PRSC.

Muchos se preguntan si Balaguer se llevó el partido a la tumba. Nosotros no preguntamos: observamos y analizamos. Porque los hechos hablan claro. El ocaso del reformismo no fue por su ausencia, sino por el rumbo de sus sucesores.
Oportunidades que no germinaron
Balaguer dio paso a nuevos líderes. Lejos de bloquear el relevo generacional, colocó figuras jóvenes en posiciones clave.
Fernando Álvarez Bogaert, con apenas 25 años, fue designado secretario de Agricultura. Más tarde dirigió el Consejo Estatal del Azúcar, fue senador y ministro de Finanzas.
Luis Toral Córdova también ocupó puestos estratégicos: secretario administrativo de la Presidencia, gobernador del Banco Central y secretario de Agricultura.
Una frase que se cumplió
Balaguer advertía:
“A los partidos no los mata la oposición, los matan sus propios dirigentes cuando pierden el sentido de misión.”
Y así fue. Veamos los resultados después de su muerte:
2004: Eduardo Estrella – 8.65 %
2008: Amable Aristy Castro – 4.59 %
2012: Apoyo al PLD – 0.42 %
2016: Alianza con el PLD – 5.61 %
2020: Alianza con Fuerza del Pueblo – 8.90 %
2024: Apoyo a Luis Abinader – 1.90 %
Ese último año, el PRSC no presentó candidato presidencial. En su lugar, respaldó la reelección del presidente Luis Abinader, del PRM. Una decisión que confirmó su rol como partido satélite y no como alternativa política real.
Un partido sin brújula
Este descenso no deja dudas: tras Balaguer, el partido perdió fuerza, dirección e identidad.
Federico “Quique” Antún Batlle, presidente por más de 15 años, optó por alianzas coyunturales que debilitaron su estructura y diluyeron su carácter ideológico.
Del contacto al olvido
Balaguer entendía que el liderazgo no se construye con discursos ni con lo que hoy serían redes sociales, sino con trabajo constante y cercanía con la gente.
(Su mención no puede interpretarse como rechazo a algo que no existía en su tiempo, pero sí deja claro que su estilo era directo, territorial, sin intermediarios virtuales.)
Sus sucesores, en cambio, priorizaron beneficios personales o, simplemente, carecieron de visión estratégica.
Lo que pudo ser
En 1990, Luis Toral tenía más visibilidad que Leonel Fernández, Danilo Medina o el propio Luis Abinader.
Mientras esos líderes se proyectaban, el reformismo se replegaba. Se perdió una oportunidad histórica.
Lecciones no aprendidas
El PRD sobrevivió a Peña Gómez. El PLD se fortaleció sin Bosch.
El PRSC, en cambio, se quedó anclado en la nostalgia, sin renovar su discurso ni su base.
Una tumba con dos silencios
Hoy, 23 años después, la tumba de Balaguer no solo guarda a un líder, sino el eco de un partido que fue abandonado por los suyos.
No fue Balaguer quien lo sepultó.
Fueron otros quienes lo sepultaron.
joaquinjoga@gmail.com