Emerson Sorianoemersonsoriano@hotmail.com
Arthur Schopenhauer, en su obra titulada ‘El amor, las mujeres y la muerte’, alude a los diferentes comportamientos humanos desde una perspectiva psicosociológica. Así, en un periplo analítico de las conductas de los hombres y de las mujeres, un poco deteniéndose en cada oficio al que se dedican estos, dice más o menos: “de todos los hombres, resultan menos hipócritas y más honrados los que tienen por oficio el comercio, habida cuenta de que no ocultan a nadie su propósito, ganar”. Todos los demás profesionales cubren su propósito último (ganar) con el pretexto eufemístico del “desinterés”. Es una actitud a la que hemos debido acostumbrarnos, o acaso observamos nosotros mismos respecto de los demás.
Pero he aquí que, cuando un comerciante deviene incomparablemente exitoso, se enfilan hacia él los cañones de los amargados del éxito ajeno como marabunta salvaje: << ¡es la competencia, -razonan introspectivamente-, y dejarla crecer hasta hacerse invenciblemente fuerte nos condenará a la desaparición! Por tanto, si no podemos vencerlo con aquello a lo que alcanzan nuestras mediocres aptitudes e insuficientes capacidades instaladas, se impone destruirlo, no importa si con verdades o con mentiras, destruirlo, y ya>>.
Lo anterior es lo que está sucediendo con una empresa de indudable prestigio nacional e internacional existente en el país: supo hacer a tiempo su proceso de internacionalización sin negligir la excelente calidad que se espera de una empresa seria, proceso que le ha ganado la confianza de inversores nacionales y extranjeros y el deseo de grandes firmas de participar con ella en al menos uno de los grandes proyectos que a menudo le son confiados tanto en el sector público como en el privado. Tiene el mejor y mayor número de equipos, el más depurado recurso humano, dueño del más avanzado acervo técnico y cuenta con la certificación de las firmas internacionales de más abolengo entre las que califican este tipo de empresas.
Como resultado, “la competencia” chilla y, desesperada, paga a los que sobreviven merced al encargo ajeno, sicarios de las buenas reputaciones para que se quejen de que supuestamente a una sola empresa se le otorgan todos los contratos, al tiempo que piden “picotear” la contratación de una gran obra presta a comenzarse, pues solo así podrían participar. Pero ¿debe el Gobierno segmentar, por ejemplo, la contratación de una vía pública poniendo en riesgo la seguridad que demanda, solo para complacer a empresas cuya insuficiencia -operativa y de capital- no pueden garantizarla? Aquí evoco la frase del doctor Alberto Amengual y le pido a cada lector: “Sea usted el jurado”.