En la actualidad, internacionalista es un término con diversas acepciones, no obstante en el ámbito académico, y desde el punto de vista jurídico y de las relaciones internacionales, es apropiado referirse como tal a un jurista especializado en Derecho internacional, en particular en Derecho internacional público, entendido básicamente como el conjunto de principios y normas que regulan las relaciones de la comunidad internacional.
La labor del internacionalista consiste en interpretar las fuentes del Derecho internacional: los tratados internacionales, la costumbre internacional y los principios generales del Derecho “reconocidos por las naciones civilizadas”, armonizarlas entre sí y aplicarlas a situaciones concretas: desde la delimitación de fronteras y el uso de recursos naturales compartidos, hasta la protección de los Derechos humanos, el tratamiento de refugiados, o la responsabilidad internacional por hechos ilícitos. Igualmente analizar la práctica de los Estados, Organismos Internacionales y de la jurisprudencia internacional.
A diferencia del abogado centrado en el Derecho interno, el internacionalista tiene que pensar simultáneamente en varios ordenamientos a la vez y en la tensión permanente entre la soberanía estatal y las obligaciones nacidas del “Derecho de gentes”.
En cuanto a su ámbito material de actuación, el campo del internacionalista es muy amplio y variado, incluyendo diversos sectores en los que se aplican principios específicos, pero que comparten la lógica de regular jurídicamente relaciones y situaciones que trascienden las fronteras de un Estado y que, por definición, requieren coordinación normativa entre varios actores soberanos.
Funcionalmente, el internacionalista tiene varias misiones centrales: Primero, contribuir a mantener la paz y seguridad internacionales por la vía del Derecho, promoviendo el arreglo pacífico de controversias. Segundo, fortalecer la cooperación institucionalizada entre Estados a través de organizaciones internacionales, regímenes multilaterales y mecanismos de supervisión y cumplimiento. Tercero, proteger intereses fundamentales de la comunidad internacional cuya preservación exige esfuerzos coordinados.
En la práctica profesional, un internacionalista puede desempeñarse en varios espacios: asesorando a Estados, participando en equipos jurídicos de Cancillerías y misiones diplomáticas, trabajando en organismos internacionales, integrando despachos de abogados especializados en litigios y arbitrajes internacionales o desempeñándose en ONGs, e impartiendo docencia.
Su labor incluye tareas como redactar y revisar tratados o acuerdos internacionales, elaborar opiniones jurídicas sobre la compatibilidad de las políticas internas con las obligaciones internacionales, representar a Estados u otros sujetos ante tribunales internacionales, participar en negociaciones o diseñar estrategias legales frente a posibles controversias.
El internacionalista debe contar con sólidos conocimientos para desarrollar una serie de “competencias específicas”. Entre ellas, capacidad de análisis comparado entre ordenamientos internos y el orden internacional; comprensión de la práctica estatal y de las dinámicas políticas que influyen en la creación y aplicación de normas internacionales; manejo de jurisprudencia y doctrina internacional relevante; habilidades de negociación y redacción jurídica en entornos multiculturales y multilingües; y una actualización constante, en consonancia con la dinámica de los regímenes internacionales. También, obviamente, consistentes y actualizados conocimientos del Derecho nacional.
El internacionalista es, pues, un operador del Derecho en un ordenamiento que pretende coordinar, y “civilizar” las relaciones de poder entre sujetos soberanos. Su campo de acción está donde convergen los conflictos de competencias, los choques de intereses y las aspiraciones a una apropiada idea de justicia internacional y su herramienta principal es el lenguaje normativo propio del Derecho internacional, con sus reglas, principios, procedimientos y foros de decisión.