Con el asesinato de Darlin Mercado se han disparado todas las alarmas. Lamentablemente, en breve otro escándalo hará olvidar este, como en los últimos treinta años hemos ido olvidando a 7,135 ciudadanos fallecidos a manos de la Policía en “intercambio de disparos”. Es cierto que, en comparación con los gobiernos del PLD, la reducción del número de fallecidos durante la actual administración ha sido importante, pero ocurre que un solo ejecutado es demasiado. Los dirigentes del PLD y del PFP deberían evitar tocar el tema para no lucir cínicos ni desmemoriados. En cambio, la ciudadanía sí debería ejercer su derecho a exigir al gobierno actual que comience ¡YA! a desmontar la cultura política e ideológica del trujillismo que sobrevivió al tirano y que, desde Pedro Santana hasta ayer, ha gobernado el país, con los siete meses del gobierno de Bosch como única excepción.
Somos una sociedad cada vez más violenta y menos respetuosa de la vida. La muerte anda volando bajo, y no hay gobierno —ni lo hubo— para, por ejemplo, frenar a las huestes de un sindicato de docentes cuyos dirigentes van por la vida sembrando el país de ignorantes certificados, cogobernando a quien debería regularlos; o a las falanges de médicos reacios a que se les apliquen las leyes, como en el caso de los profesionales sometidos a la justicia por ejercer sin exequátur en La Vega, lo que provocó que el sindicato colegiado hiciera un paro nacional.
Nuestra democracia se descompone. Huele a peligro. Está de moda la muerte. Existe un periodismo que no puede llamarse periodismo porque es extorsión, descalificación, insultos. Y no por ignorancia, sino porque, para una buena parte de la ciudadanía, el mejor periodista no es el que estudia, se informa, contrasta tiene fuentes, investiga y se documenta para preguntar con respeto pero con firmeza a su entrevistado, sino el que comienza ultrajando y sin intención alguna de buscar la verdad, porque ya tiene la suya. ¿Por qué no decirlo? Cuando, en una democracia, la verdad deja de ser importante —con apoyo imperial incluido—, es que esa sociedad ha comenzado a transitar los lóbregos caminos del fascismo. Somos lo que hacemos, lo que elegimos. Ahítos de sentirse vulnerables, los indefensos ciudadanos dominicanos de a pie, en su loca indignación, están dispuestos a votar por el demonio… aun sabiendo que solo conduce al infierno.