Cuando una patrulla sale a la calle con la encomienda de «volver con algo» la reforma policial ya fracasó.
Cuando un oficial tiene que «cantearse» cada lunes antes de la reunión, la modernización no es más que un discurso.
Cuando jefes provinciales cobran peajes en puntos de droga, la reforma es una farsa.
Cuando se maquillan las estadísticas para complacer al poder, la reforma es una quimera.
Cinco años después del inicio del proceso de transformación policial, con una inversión que supera los RD$25,000 millones en uniformes, cámaras, patrullas y aumentos salariales, la pregunta es obligada: ¿Dónde están los resultados?
La realidad es que los números no mienten, aunque los maquillen: los datos oficiales muestran avances parciales, pero la realidad en los barrios es otra. Veamos:
Criminalidad persistente: la República Dominicana cerró 2024 con una tasa de 11.2 homicidios por cada 100,000 habitantes. Aunque representa una baja respecto a 2022, seguimos por encima del promedio de América Latina, que es de 9.1. Mientras el 63% de los dominicanos considera la delincuencia como el principal problema del país, el 42% admite haber sido víctima de robo en el último año. Y 7 de cada 10 ciudadanos percibe que la delincuencia aumentó en su sector.
En las calles la gestión policial se resume en tres palabras: abuso, extorsión y muertes, en 2023 la Policía Nacional reportó 132 personas muertas «en intercambio de disparos». Organizaciones de derechos humanos advierten que más del 60% de esos casos presentan indicios de ejecución extrajudicial. En otro orden, La Defensoría del Pueblo recibió en 2024 al menos 89 querellas de ciudadanos extranjeros, en su mayoría haitianos, por robo y extorsión de agentes en calles y retenes. Mientras que el 28% de los detenidos en flagrantes delitos, denuncia que les fue solicitado dinero para evitar ser sometidos a la justicia.
Pero el caso más reciente, que indigna a toda la sociedad es el de un joven que fue ultimado a quemarropa en el sector de Herrera por un agente policial, sin que mediara una amenaza real. El hecho quedó grabado y se sumó a la larga lista de casos donde el uso de la fuerza fue desproporcionado. A cinco años de «reforma», la Policía aún carece de un protocolo claro y efectivo de uso gradual de la fuerza. En la práctica, la obediencia en las calles se impone con macana, patadas o balas.
Mientras eso sucede, en el teatro de los lunes el presidente encabeza en la Policía Nacional una reunión de seguimiento al plan de seguridad ciudadana, en el cual se presentan mapas de calor, estadísticas a la baja y promesas. El problema es que el propio Observatorio de Seguridad Ciudadana reconoce que 3 de cada 10 robos no se denuncian, por desconfianza o por considerar que «no sirve de nada». Medimos lo que se denuncia, no lo que ocurre.
Mientras tanto, resulta inadmisible que altos mandos exhiban una vida de opulencia con salarios que históricamente han sido de miseria. Un raso gana RD$20,000 y se le exige «producir» en la calle. Un coronel gana RD$45,000 y circula en vehículos de lujo. Esa contradicción alimenta la corrupción. La reforma policial, hasta ahora, solo ha servido para que unos ganen dinero: los de arriba. Y otros pierdan la vida o sean abusados: los de abajo.
Cambiar el uniforme, el lema institucional y colocar cámaras que los propios agentes apagan a conveniencia, no es profesionalización. Es cosmética. La profesionalización de la policía sigue siendo una mentira. Un poema escrito con la sangre de nuestros jóvenes de los barrios, y leído por funcionarios ante un presidente que cree en informes que son, en gran medida, pura ficción. Mientras la orden en la calle siga siendo «trae tu cuota», no habrá reforma que valga.