Por: Ana Vargas
Dicen que la vida es como un bumerán: todo lo que lanzamos al mundo, tarde o temprano regresa a nuestras manos. Lo que damos, lo recibimos; lo que sembramos, eso mismo cosechamos.
Por eso no hay mejor guía que caminar apegado a la ley de Dios. Sus enseñanzas nos marcan el camino recto, nos enseñan a hacer el bien sin mirar a quién, y a respetar la vida y el corazón de cada persona.
Cuando actuamos con honestidad, con amor y con humildad, lanzamos al viento semillas de bendición que un día volverán a nosotros con frutos de paz. Si por el contrario obramos con egoísmo, daño o injusticia, eso mismo regresará para enseñarnos.
No se trata de miedo, sino de sabiduría: entender que nuestras acciones tienen eco. Vivir conforme a su voluntad nos asegura que, cuando todo vuelva, lo haga para llenarnos de bien, no de pesares.
El bumerán no falla, siempre regresa a su punto de partida. Que lo que envíes al mundo sean siempre gestos nobles, palabras verdaderas y obras buenas, tal como Dios nos pide.
Así, cada paso que des tendrá la tranquilidad de quien sabe que actúa con rectitud, y que lo que vuelva a ti será el reflejo de un corazón que eligió el bien.
La mejor herencia que nos queda es haber caminado con su ley en el alma, y haber dejado que el bumerán de la vida traiga solo bendiciones para ti y para los tuyos.