La pérdida de confianza en las instituciones constituye hoy una de las mayores preocupaciones para las sociedades. El mundo atraviesa una etapa de profundas tensiones, en la que muchas de las estructuras llamadas a garantizar equilibrio, paz, justicia y estabilidad han dejado de ser percibidas con la autoridad que alguna vez tuvieron. Organismos que durante décadas representaron referentes de orden y confianza corren el riesgo de convertirse, ante los ojos del mundo, simplemente en siglas. Esta realidad también alcanza a la República Dominicana.
Existe un sentimiento creciente de incertidumbre frente al funcionamiento de las instituciones, al liderazgo público y a la capacidad de quienes ejercen responsabilidades de Estado para responder a las necesidades reales de la población.
El ciudadano dominicano necesita volver a sentir que las instituciones existen para servirle y que el ejercicio del poder tiene como propósito fundamental procurar el bien común.
Porque una nación no puede sostenerse indefinidamente sobre la desconfianza. Cuando el ciudadano deja de creer en sus instituciones, comienza también a cuestionar el sistema, sus representantes y hasta la utilidad de participar en él. Y cuando la desconfianza se convierte en apatía, se abre un espacio peligroso para la improvisación, el extremismo y la repetición de prácticas que nuestra sociedad ya ha conocido y superado.
La República Dominicana tiene una historia y una identidad que no podemos perder de vista. La soberanía, la libertad y la independencia que dieron origen a nuestra nación deben seguir acompañadas de principios espirituales, patrióticos, culturales, sociales y democráticos capaces de orientar nuestro desarrollo.
El progreso no consiste únicamente en avanzar económicamente o transformar nuestras instituciones. También consiste en preservar aquello que nos define como pueblo y en asegurar que las transformaciones respondan a las necesidades de la gente.
Por eso, la discusión nacional no debería reducirse a quién tendrá mayor respaldo en las próximas elecciones. La pregunta de fondo es mucho más importante: ¿Qué clase de gobierno necesita la República Dominicana y qué debemos exigir de quienes aspiran a dirigirla?
Necesitamos gobiernos que comprendan que gobernar es servir. Gobiernos que coloquen al ciudadano en el centro de sus decisiones, que respeten las instituciones, que actúen con transparencia y que sean capaces de convertir las necesidades de la población en prioridades de Estado.
Desde la fe, entendemos que el poder nunca puede ser un fin en sí mismo. La autoridad lleva consigo una responsabilidad: servir, administrar con integridad y procurar justicia. Ese principio no pertenece a una ideología ni a una organización política; pertenece a una concepción de sociedad en la que la dignidad de la persona y el bien común deben ocupar un lugar central.
Estamos ante un momento que exige serenidad y madurez. No se trata de idealizar el pasado ni de rechazar el futuro. Tampoco de depositar una confianza ciega en lo nuevo. Se trata de recuperar nuestra capacidad de discernir y de exigir propuestas y liderazgos que estén a la altura de las necesidades del país.
La incertidumbre que hoy sienten muchos dominicanos debería convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué queremos para nuestra nación.
La República Dominicana necesita recuperar la confianza social, pero esa confianza no se decreta: se construye con resultados, integridad, servicio y responsabilidad.
El futuro del país dependerá de que seamos capaces de colocar el interés nacional por encima de los intereses particulares y de recordar que las instituciones, los gobiernos y quienes ejercen autoridad tienen una razón esencial de existir: trabajar por y para la gente.
Ese debería ser el punto de encuentro de todos.