Hay batallas que no se ganan teniendo la última palabra. Algunas se ganan evitando que una diferencia termine convirtiéndose en una distancia.
No es que uno se levante una mañana convertido en Sócrates y decida que todas sus certezas estaban equivocadas. Es que llega un momento en que uno entiende que escuchar al otro no significa renunciar a lo que piensa, sino aceptar que puede haber algo que todavía no había considerado.
El problema es que nos acostumbramos a defender nuestras posiciones como si en cada conversación estuviera en juego nuestra dignidad. Queremos tener la última palabra y demostrar que fuimos nosotros quienes lo vimos primero, quienes lo dijimos antes, quienes teníamos razón.
Y a veces hacemos un esfuerzo enorme por ganar una discusión que, unas horas después, ya no recordamos ni por qué comenzó.
Hay una diferencia entre defender una convicción y aferrarse a ella. La primera habla de principios firmes. La segunda, muchas veces, habla de orgullo.
También aprendemos que cambiar de opinión no necesariamente significa falta de carácter. En ocasiones significa exactamente lo contrario. Hace falta carácter para reconocer que una experiencia, un argumento o simplemente una nueva mirada nos hizo entender las cosas de otra manera.
No siempre tenemos que corregir al otro.
Esta puede ser una de las cosas más difíciles de aprender. Escuchar una opinión equivocada, desde nuestro punto de vista, y no sentir inmediatamente la necesidad de responder. Escuchar sin preparar la contestación. Dejar que el otro termine. Incluso guardar silencio.
Hay silencios que no son derrotas.
Son inteligencia.
Quizás por eso deberíamos tener menos interés en demostrar que sabemos y más en entender. La experiencia nos va quitando algunas certezas y, a cambio, nos da algo mucho más valioso: criterio.
También aprendemos que las personas no son solamente sus opiniones. Podemos discrepar profundamente con alguien y, al mismo tiempo, reconocer su honestidad, su inteligencia o su buena intención.
Esto parece sencillo, pero no lo es. Basta mirar cualquier conversación pública.
En política, en particular, la necesidad de tener razón puede convertirse en una barrera para escuchar. Pero ocurre también en las familias, entre amigos y hasta entre personas que se quieren. Hay discusiones en las que nadie está intentando comprender al otro; todos están intentando ganar.
Hay una frase que puede ahorrar muchas heridas: “Tienes razón”.
Y hay otra todavía más difícil: “Me equivoqué”.
No nos hace pequeños. Al contrario.
La verdadera madurez no consiste en acertar siempre. Consiste en saber qué hacer cuando descubrimos que no acertamos.
Tal vez dejar de tener la razón sea una decisión que nos hace crecer.
No porque dejemos de pensar.
No porque dejemos de defender lo que creemos.
Sino porque aprendemos que no todas las discusiones merecen ser ganadas y que reconocer un error no nos quita autoridad. Al contrario, nos hace más honestos con nosotros mismos y con los demás.
Insistir en tener la razón solo sirve para alejarnos, prolongar una discusión innecesaria o convertir una diferencia en un problema.
Quizás por eso debemos aprender a escoger mejor nuestras batallas.
No todo desacuerdo necesita un ganador. No toda conversación necesita una última palabra. Y no todo error necesita una explicación para que podamos reconocerlo.
Hay momentos en los que lo más sensato es escuchar, pensar y aceptar que el otro nos ha hecho cambiar de opinión. No perdemos nada cuando lo hacemos. Al contrario, evitamos convertir el orgullo en una respuesta y una discusión en una distancia.
Saber distinguirlo también es una forma de sabiduría.