Hay algo que me preocupa cada vez más cuando observo el rumbo de nuestra sociedad. Las noticias nos confrontan con episodios de violencia, denuncias de corrupción, agresiones y comportamientos que generan preocupación. Sería simplista concluir que hemos perdido nuestros valores. Pero sería igualmente irresponsable no preguntarnos qué estamos comenzando a normalizar. Hablamos de desarrollo, crecimiento económico, inteligencia artificial, innovación y productividad. Aspiramos a construir un país moderno y competitivo. Pero quizás estamos dedicando menos atención a una pregunta más elemental:
¿Qué tipo de seres humanos estamos formando para construir ese país?
Porque el desarrollo no depende únicamente de infraestructura, tecnología, conocimiento o capital. También depende de principios: respeto, honestidad, responsabilidad, solidaridad, empatía, integridad y la capacidad de reconocer la dignidad del otro. No se trata de idealizar el pasado ni de responsabilizar a las nuevas generaciones. Cada época ha tenido sus contradicciones. Se trata de preguntarnos qué conductas estamos aceptando y qué mensaje transmitimos cuando dejamos de reaccionar frente a ellas.
Vivimos con prisa para responder, producir, publicar, opinar y hasta para juzgar. Nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y, paradójicamente, pareciera que tenemos menos tiempo para escucharnos.
El filósofo Byung-Chul Han reflexiona en Sin respeto. Una crisis social sobre el debilitamiento del espacio que concedemos al otro cuando la autoafirmación ocupa demasiado lugar. Su reflexión invita a entender el respeto no solo como cortesía, sino como el reconocimiento de que frente a nosotros existe alguien cuya dignidad también importa. Y quizás ahí comienza parte del problema. Preocupa observar cómo alcanzar un objetivo parece, en determinados espacios, justificar cualquier medio: tergiversar hechos, descalificar, humillar o intentar destruir reputaciones para obtener una posición, defender un interés o imponer una narrativa. Cuando el éxito importa más que la forma en que se consigue, tenemos un problema de valores.
Y cuando esos comportamientos dejan de producir rechazo porque “así funcionan las cosas”, el problema deja de ser exclusivamente individual. Se convierte en cultural. Y la cultura no es solamente aquello que declaramos. Es también aquello que permitimos, premiamos y toleramos. Lo mismo ocurre con una sociedad.
La corrupción, la violencia y la falta de respeto también deterioran algo mucho más difícil de reconstruir: la confianza. Confianza entre las personas, en nuestras organizaciones y en nuestras instituciones.
En la era digital el desafío es aún mayor. Una falsedad puede recorrer miles de teléfonos antes de que la verdad tenga oportunidad de alcanzarla. Detrás de cada nombre, fotografía o comentario existe una persona cuya dignidad no debería convertirse en moneda de cambio. Por eso debemos regresar al ser humano. Los valores comienzan en la familia, pero no terminan allí. Necesitamos escuelas que eduquen para la convivencia; universidades que formen ciudadanos éticos además de profesionales competentes; organizaciones donde los resultados no justifiquen cualquier comportamiento; instituciones que valoren la integridad y líderes conscientes de que el ejemplo educa más que cualquier discurso.
Un país necesita conocimiento para competir, pero confianza para funcionar. Necesita tecnología, pero humanidad. Necesita libertad, pero también responsabilidad.
La pregunta, entonces, no es únicamente si estamos perdiendo nuestros valores: ¿Qué estamos haciendo cada uno de nosotros para preservarlos?
No necesitamos regresar al pasado. Necesitamos decidir qué principios queremos llevar hacia el futuro. Porque el desarrollo de una nación no puede medirse solamente por cuánto produce, cuánto crece o cuánta tecnología incorpora. También debe medirse por la sociedad que construye mientras avanza.