Sorprende que este gobierno, que le encanta medir percepciones sobre cualquier cosa –incluyendo aquellas que entran en la categoría ontológica de “disparates”–, no haya monitoreado periódicos, canales de TV, radio o redes sociales, para medir lo que piensa la gente sobre el desastre del tránsito en el país.
Y no hablamos sobre las iniciativas concretas, reales y excelentes que ha ejecutado, y que procuran su masificación (monorraíles, teleféricos, ampliaciones del metro o corredores de autobuses), sino sobre el caos que reina en nuestras calles; el desorden apopléjico de nuestras avenidas; el “manga por hombro” que tienen motores, taxistas, deliverys, carros privados, guaguas, patanas, volteos, etc.
Sorprende que no lo haya hecho, porque, de haberlo hecho, se habría dado cuenta del hartazgo, cansancio, hastío, fastidio, frustración, impotencia, desesperanza, amargura, rabia –etc.– que tiene la ciudadanía; la gente que trabaja, intenta cumplir la ley, ser educada y decente (que son la mayoría). También se habría dado cuenta que la gente tiró la toalla y se siente derrotada frente a un problema que no tiene un origen estructural o histórico, sino que ha sido generado, permitido y agravado exclusivamente por los políticos.
El gobierno dominicano también tiró la toalla. No se entera del caos y del salvajismo que hay en nuestras calles, y, si se entera, no le importa. El gobierno dominicano ha mostrado indiferencia y/o incompetencia al momento de hacer que los motoristas se paren en rojo, que no se suban en las aceras, que no vayan en vía contraria, etc. Las consecuencias de ese laissez faire cada día crecen y, como los espaguetis aquellos, un día desbordarán la olla jurídica que contiene a la sociedad, dentro de los límites de la legalidad.
La “Teoría de las Ventanas Rotas” –experimento llevado a cabo por Zimbardo (1969) y por Kellin y Wilson (1982)– demuestra qué tan importantes son los límites al momento de contener el crimen y el desorden. El último caso fue el de la cantante Mirian Cruz, agredida por un Padre de la Patria, “Padre de Familia” –una especie de primo lejano de Juan, Pablo y Duarte–, que, como todos en este paisaje, cree que con un video pidiendo excusas y diciendo que no quiso tirar la piedra que tiró, queda todo resuelto (y probablemente, así sea).
El gobierno ha demostrado que no le importa, o que no tiene capacidad, voluntad o valor. Así seguirá todo hasta que, en algún momento, la próxima piedra lanzada rompa el cristal del carro de alguien más importante; algún dueño del país, jerarca militar o ministro. En ese momento –quizás–, el gobierno hará algo… Antes no.