Vivimos una época de transición permanente, de implacable transformación técnica y acelerado cambio social. En el centro del remolino tecnológico presente, el ser humano gira alrededor de su gravedad, arrastrado inexorablemente.
Mimética y pegajosa, capaz de fingir y presentarse como arquetipo de virtud, la época ha dado a luz una criatura global: la fama digital. Diferente al pasado, cuando la gloria (Kleos, en griego) estuvo reservada para dioses, emperadores, sabios y héroes consagrados, hoy regresa más provocadora, ubicua y desmesurada. Lejos de la sabiduría, de la hazaña o la prosapia, entre la más diversa multitud, puede identificarse con una pluralidad de almas. De la antigua tradición de rituales y proezas, la fama se viralizó en una nueva generación: espontánea, hedónica y cibernética…
Eric Sadin (2023) considera que la posmodernidad puso fin al individualismo liberal que por más de 200 años sobrevivió al mundo occidental. Como él, muchos sostienen que, rota aquella estructura social, su caída sobrevino con el desmantelamiento del Estado de Bienestar.
Atronador, el actual comportamiento individual perfila otro sujeto, con identidad social insatisfecha, presionado por el hambre de reconocimiento, en un escenario ideal que se abre extensamente dentro de la civilización posmoderna. Pero la fama tiene también mala cara, pues, mientras el viento sopla las velas, las olas borran la empatía y hacen tambalear su barca. Aquello que agrieta la intimidad puede asimismo rasgar el velo de la dignidad y oscurecer el refugio de nuestra privacidad.
La generación afamada ha sustituido el culto al conocimiento y la reverencia justificada; simplemente exige estar conectada. La posmodernidad, con su espectacularizante plataforma de conectividad patentizó un modelo social flexible en el que impera el relativismo de los relatos. Ascendente, el fenómeno se trasladó al ámbito público desde el espacio privado. Y, fuera de propósitos claros, toca desde lo más trascendente hasta lo más baladí y cotidiano. Por ende -señala el filósofo Manuel Cruz (2022)- ya no hay verdad, por contundente que sea, capaz de considerarse estable. La corona del relativismo se alza en una frase manida y cortante: “Esa es tu verdad; yo tengo la mía” …

La opinión famosa, masificante, suele traducirse en reafirmación de lo intrascendente, privilegio de lo inservible y desconsideración de lo reputable. Rebeldía torva que, además de desalojar al intelecto, ha logrado convertirlo en motivo de aversión, de mofa y menosprecio.
En la urticante huerta de las desuniones y los desafectos, marcada por la sombra de la fama digital, retoña el cinismo, la pereza ahoga las obligaciones cívicas y aumenta el irrespeto.
Max Webber definió la nación como una comunidad de sentimientos. Interconectado, nuestro mundo reivindica esa noción: una constelación de sentimientos individuales que, de manera frenética, escudriña la visibilidad personal con la pulsión más patente y potente del individualismo posmoderno. La cultura de la imagen, más que revolución individualista, atrajo la mayor revelación de sentimientos egoístas y subjetividades que parecen reencontrarse en la apropiación final de la influencia digital.
Aún con propósitos saludables, la fama sigue siendo reserva natural y cantera inagotable de los egos. Seres urgidos de atención, sedientos de aprobación virtual, donde la tecnología no es causa sino compañera inseparable del trayecto. Esa íntima implosión describe el pasaje de la libertad de expresión al estadio -exasperante- de la sobreafirmación de uno mismo.
Una existencia sin exposición o sobrerrepresentación pública hoy parecería impensable. Cada identidad, crisol variable de pasiones, remite a otra marca de aspiraciones que ha transformado los últimos restos de la intimidad personal. De hecho -argumenta Cruz- ya se habla de la “extimidad”, es decir, de una extraña intimidad, eviscerada y expuesta por voluntad del propio sujeto que, desde su burbuja virtual y sin que nadie lo pidiera, le dice al mundo quién es, qué hace, dónde está y cómo lo hace…
Políticos, artistas, académicos y profesores, pasaron a un segundo plano. Rara vez, los que aún quedan en pie, serán escuchados. Sofocado y errante, su eco se desvanece junto a la impotencia y la confusión, borrado por la gravitación de la famosa generación mutante.
Tecnofóbicos y tecnoentusiastas se acusan mutuamente, mientras la sociedad se convierte en un agregado de soledades en el mismo núcleo donde nace y crece la fama digital, sin que nadie pueda interponerse…