Cinco meses han transcurrido desde el colapso del techo del Jet Set, y parecería que la losa de hormigón que ese día se desplomó sobre las cabezas de cientos de personas, cayó también sobre la conciencia de la sociedad, aplastando su sentido de responsabilidad, empatía y justicia.
El tiempo nos ayuda a olvidar –dijo Fito Páez–, aunque, ¡caramba!, hay personas o situaciones que no pueden (ni deben) ser olvidadas, y la tragedia del Jet Set es una de ellas. Las estadísticas fatales están ahí, 236 personas murieron, y, a cinco meses, el tiempo opera como bálsamo (¿inducido?) que anestesia cuestionamientos, dolores y rencores.
El dinero ayuda también… Arriba se aplica el “deja eso así” de la misma manera en que abajo se acuerda y se transa. Aunque el Código de Hammurabi hace milenios fue superado, el mecanismo subyacente bajo el cual opera todo el sistema de responsabilidad civil del derecho moderno, funciona bajo la misma lógica de la compensación.
Pisamos un terreno minado. Toca ser cuidadosos y respetuosos del dolor que cada familia afectada siente, y de la forma en que entienden que deben manejarlo. Como sociedad podemos reclamar y cuestionar, pero como individuos toca ser empáticos y ponernos en el lugar del prójimo. Después de todo, en términos individuales, nadie que no ha sido víctima tiene moral para cuestionar el proceder de quien si lo ha sido. Aquí aplica la máxima cibaeña de que, “el corazón de la auyama sólo lo conoce el cuchillo”.
Que, a la fecha, decenas de familias hayan firmado acuerdos compensatorios que implican desistimientos, es un tema perfectamente legítimo que se inscribe en el ámbito de lo privado y de lo legal. Que sí, que todos pueden negociar, transigir, desistir, firmar y cobrar, pero quien no puede dejar de actuar es el Ministerio Público (MP), como responsablemente ha seguido investigando y trabajando.
Lamentablemente, la indiferencia y dejadez con que la sociedad ha reaccionado ante el manto de silencio irresponsable y cómplice de quienes han optado por echar olvido a la tragedia, constituye un motivo de mayor preocupación que los cientos de tragedias individuales.
Y es que, si ante una tragedia de esa dimensión se impone la indiferencia y la desidia, estamos frente a una sociedad donde se ha roto el pacto social que la sostiene. Si podemos ser indiferentes ante 236 muertos, también seremos indiferentes ante cualquier cuestionamiento al orden democrático… por ejemplo.
Confieso que me equivoqué al pensar que sería imposible para la sociedad olvidar esta tragedia; que los responsables rendirían cuentas ante la justicia; y que esto sería el punto de quiebre en la tradición de impunidad que caracteriza a la sociedad dominicana, donde unos son más iguales que otros… pero no.
El olvido de la tragedia del Jet Set es una bofetada a todos nosotros, en la cara. La gran derrota moral de la sociedad dominicana.