He aprendido, con los años, que los calendarios no siempre miden el verdadero paso del tiempo. Hay años que transcurren sin dejar huella, y otros que se anuncian con un peso especial, como si trajeran consigo una tarea que no se puede postergar. El 2026 es uno de esos años.
No llega como una sorpresa. Se ha venido gestando lentamente, a través de transformaciones profundas que ya están entre nosotros: cambios tecnológicos vertiginosos, nuevas formas de relación humana, una economía en constante tensión y una sociedad que, en muchos aspectos, parece avanzar más rápido de lo que logra comprender lo que está ocurriendo.
Desde la perspectiva que dan los años y la experiencia, no puedo evitar mirar este momento con una mezcla de preocupación y esperanza.
Nunca habíamos vivido una época en la que el cambio fuera tan acelerado. Antes, las generaciones tenían tiempo para asimilar las transformaciones; hoy, muchas veces, apenas alcanzamos a nombrarlas cuando ya han sido superadas por otras nuevas. La tecnología, y en particular la inteligencia artificial, está modificando la manera de trabajar, de producir, de pensar, de aprender y hasta de relacionarnos.
Este vértigo, esa falta de sosiego como diría un amigo académico, genera oportunidades inmensas, pero también miedos legítimos. Veo jóvenes con un acceso prácticamente ilimitado a la información, pero no siempre a la sabiduría; veo adultos con experiencia, pero a veces desorientados ante un mundo que ya no reconoce los caminos que ellos recorrieron. El reto no es frenar el cambio, sino aprender a convivir con él sin perder al ser humano como centro y destino de todo desarrollo.
Si algo me ha enseñado mi vida vinculada a la educación por más de tres décadas es que el conocimiento no es un destino, sino un camino. El modelo educativo que sirvió durante años ya no es suficiente. Hoy, aprender no puede ser un episodio que concluya con un título; lo he repetido en innumerables ocasiones, especialmente en mis palabras a los graduados: debe ser un proceso permanente, abierto y flexible, capaz de acompañar a la persona a lo largo de toda su vida y validarlo y revalidarlo constantemente ante la sociedad.
El 2026 nos exige una educación más humana, que forme ciudadanos capaces de pensar, de cuestionar, de adaptarse y de actuar con responsabilidad. Necesitamos ciudadanos éticos, sensibles y comprometidos con su entorno. Sin ese enfoque, cualquier avance tecnológico corre el riesgo de perder su sentido humano.
En esa misma dirección, las universidades estamos llamadas a asumir un rol activo frente a los desafíos de nuestro tiempo. En el caso de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, durante el año 2025 dimos pasos concretos con la inauguración de dos centros que responden a estas preocupaciones: el Centro de Investigación para la Innovación y Ética en Inteligencia Artificial (CIEIA), orientado a promover un uso responsable y éticamente fundamentado de la tecnología, y el Centro UNPHU para el Desarrollo Sostenible, concebido como un espacio de investigación, formación y acción en favor de un desarrollo equilibrado y respetuoso del entorno. A estos esfuerzos se suman programas de formación dirigidos al profesorado, enfocados en fortalecer su capacidad para integrar de manera crítica y responsable las nuevas tecnologías en el aula, actualizar metodologías de enseñanza, fomentar el pensamiento ético y preparar a los docentes para acompañar a los estudiantes en un entorno académico marcado por la innovación, la sostenibilidad y el cambio constante.
También hemos aprendido que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza bienestar. Los indicadores pueden mejorar mientras la vida cotidiana se vuelve más desigual y más incierta. El cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y la persistente desigualdad social nos obligan a revisar, con honestidad, el concepto mismo de progreso.
El 2026 debe convertirse en un punto de inflexión hacia un desarrollo más equilibrado, donde la economía esté al servicio de la persona y no al revés. Donde la sostenibilidad no sea un discurso de moda, sino una convicción compartida entre el Estado, la empresa y la ciudadanía.
En épocas de transición, el liderazgo adquiere una dimensión especial. No me refiero únicamente al liderazgo político, sino también al que se ejerce desde la familia, la empresa, la universidad y la comunidad. Hoy se necesita más que nunca un liderazgo sereno, capaz de escuchar, de dialogar y de tomar decisiones pensando en el ser humano y en el largo plazo. Como recordaba hace exactamente un año un colega rector en este mismo diario, al reflexionar sobre la fusión de los ministerios de educación: “Hacer las cosas bien importa más que el hacerlas”.
La sociedad está cansada de la improvisación, del discurso vacío y de la falta de coherencia. El 2026 nos reclama líderes éticos, con la humildad necesaria para reconocer errores y con la valentía suficiente para asumir decisiones difíciles cuando son imprescindibles.
Al mirar hacia el 2026, la pregunta de fondo es clara: ¿quiénes queremos ser frente a los cambios? ¿Permitiremos que la tecnología nos defina, o seremos capaces de ponerla al servicio de la dignidad humana?
He vivido suficientes ciclos históricos como para saber que los momentos de mayor incertidumbre también son los de mayor oportunidad. El futuro no se hereda: se construye.
El 2026 no será mejor por decreto ni peor por destino astral. Será, simplemente, el reflejo de las decisiones que tomemos hoy. Y en eso, cada uno de nosotros, desde su lugar en la sociedad, tiene una cuota de responsabilidad que no puede delegar.
El autor es rector Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU)