Concluido un nuevo Foro Económico Mundial en Davos, el ritual vuelve a repetirse: paneles repletos de diagnósticos sofisticados, declaraciones cuidadosamente calibradas y consensos presentados como inevitables. Sin embargo, para gran parte de América Latina y el Caribe, la distancia entre ese lenguaje global y los resultados concretos sigue siendo profunda. Es desde esa brecha —entre discurso y consecuencia— que debe entenderse el fenómeno político de Donald Trump.

Trump suele ser evaluado como si fuera un practicante fallido de la diplomacia tradicional celebrada en foros como Davos. Pero esa lectura ignora un hecho central: Trump no intenta perfeccionar ese modelo, sino repudiarlo deliberadamente. Sus críticos lo describen como errático, temerario o nihilista. Lo que confunden es estilo con método. El enfoque de Trump no es improvisación; es presión calculada aplicada a sistemas que llevan años hablando sin moverse.
Para América Latina y el Caribe, esta diferencia no es académica. La región ha sido objeto durante décadas de discursos bienintencionados pronunciados en escenarios globales, mientras persistían la inseguridad, la migración forzada, la penetración de redes criminales y la consolidación de regímenes autoritarios. Davos produce diagnósticos; rara vez produce disuasión. En ese contexto, la franqueza —aunque incómoda— puede resultar más reveladora que la diplomacia elegante y ambigua.
Trump es directo, exagerado y con frecuencia provocador. Abre negociaciones con posiciones extremas que incomodan a una clase diplomática habituada al lenguaje impreciso y al consenso performativo. Pero eso no equivale a incoherencia estratégica. Es una forma de anclaje. Es una señal de que los costos, las obligaciones y los beneficios serán renegociados. Para países medianos y pequeños, acostumbrados a promesas multilaterales seguidas de compromisos diluidos, esta claridad puede incomodar, pero también obliga a definiciones reales.
El debate reciente sobre Groenlandia —muy comentado en círculos europeos y en Davos— ilustra este punto. Se acusó a Trump de insinuar coerción y luego retroceder. Pero la negociación internacional no es un confesionario moral. Comenzar con un lenguaje contundente no implica intención de usar la fuerza; implica fijar prioridades. En el Caribe y América Latina —donde la seguridad marítima, la energía, las rutas comerciales y la competencia entre potencias externas son realidades tangibles— este tipo de señalización importa más que los gestos simbólicos que tanto abundan en foros globales.
Los hechos también contradicen muchas de las alarmas repetidas en Davos. Durante la presidencia de Trump, se reforzó la disuasión militar sin que Estados Unidos se involucrara en nuevas guerras a gran escala. Se presionó a aliados para asumir mayores responsabilidades, rompiendo inercias que también afectan a esta región, donde la dependencia de garantías externas ha sido históricamente cómoda, pero frágil. La expansión de la independencia energética estadounidense redujo vulnerabilidades globales y alteró equilibrios que inciden directamente en economías latinoamericanas.
Más relevante aún: la presión sustituyó a la previsibilidad. Actores como Irán y Corea del Norte ajustaron su comportamiento cuando enfrentaron líneas rojas claras, no cuando escucharon llamados abstractos al diálogo. En América Latina, donde regímenes autoritarios, redes criminales transnacionales y élites corruptas prosperan precisamente en la ambigüedad diplomática, la disuasión creíble suele ser más eficaz que la retórica moral sin capacidad de ejecución.
Lo que realmente inquieta a muchos críticos reunidos en Davos no es que Trump desafíe el llamado “orden internacional basado en reglas”, sino que exponga cuán selectivamente ha sido aplicado. En esta región lo sabemos bien: normas invocadas con rigor para algunos, ignoradas para otros; discursos de derechos humanos divorciados de realidades de gobernabilidad, control territorial y seguridad ciudadana.
El estilo de Trump incomoda porque elimina eufemismos. Cuando afirma que el poder importa, desde los paneles se escucha barbarie. Sin embargo, la historia regional sugiere lo contrario: la estabilidad rara vez ha sido preservada por declaraciones consensuadas y con mayor frecuencia por equilibrios claros, intereses explícitos y consecuencias creíbles. Los mercados pueden estremecerse ante la retórica; los actores estratégicos se detienen ante la determinación.
Durante años, desde foros internacionales se anunciaron catástrofes: colapso económico, ruptura de alianzas, caos global. En su lugar, se produjeron renegociaciones, presión efectiva y recalibraciones estratégicas. Trump no buscó el desorden por el desorden; utilizó la incomodidad como herramienta para forzar movimientos donde reinaba la parálisis.
Conviene, además, una advertencia final para quienes —quizás alentados por la lógica del consenso de Davos— asumen que las líneas rojas trazadas por Trump son simples gestos retóricos y que, llegado el momento, retrocederá. La experiencia sugiere lo contrario. Ya sea por orgullo personal o por una determinación absoluta de obtener resultados favorables a Estados Unidos y a su entorno estratégico inmediato, Trump ha demostrado estar dispuesto a cumplir sus amenazas cuando considera que los intereses esenciales están en juego.
Esto no es una invitación al conflicto, sino una señal de credibilidad. Trump ha mostrado que, una vez fijados los límites, está dispuesto a respaldarlos con acciones —económicas, políticas o estratégicas— para procurar un hemisferio occidental más seguro, más próspero y con mayor capacidad de defensa frente a regímenes autoritarios y redes de intereses corruptos que prosperan en la debilidad institucional.
Se puede rechazar al hombre, deplorar su tono y aun así reconocer el patrón: posiciones iniciales extremas, presión constante, negociación real y resultados medibles. Para América Latina y el Caribe, regiones demasiado acostumbradas a declaraciones sin cumplimiento, los resultados importan más que la elegancia del proceso.
Davos produce discursos.
La historia produce veredictos.
Y es esta última —no los consensos— la que finalmente juzga.