Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
¿Qué nos comunica el Señor en la oración? Hay por lo menos tres realidades que recibimos la oración.
Lo primero, es la luz para descubrir lo valioso que el Señor ya me está comunicando. El Señor siempre se nos adelanta. Recuerden a Zaqueo. Se gavió en un árbol, quería ver pasar al Maestro y Jesús al cruzar, mira para arriba y le dice: “Baja Zaqueo que me voy a quedar en tu casa” (Lucas 19, 5). La oración aumenta nuestra fe, que es como una luz para vivir la vida discerniendo y escogiendo lo que vale la pena. En el día a día, encontramos las tinieblas de la trampa, la soberbia, la ambición e irresponsabilidad que nos pone a todos a mal pasar, pero la oración nos ayuda a “venir a luz”, a actuar con lealtad (Juan 3, 20 – 21). La gente que ora se vuelve luminosa y se parece a Juan, el Bautista de quien Jesús dijo: “Él era una lámpara que ardía e iluminaba” (Juan 5, 36).
Segundo, en la oración, el Padre nos atrae a lo que realiza nuestro ser. No nos basta ver, necesitamos ser atraídos. Nunca como ahora somos asediados por ofertas, oportunidades únicas y mágicas. ¡Las redes nos enredan! Nos da trabajo tomar en serio a Jesús de Nazaret, el campesino de Galilea sin cohetes, ni millones, ni canales en youtube. Mirando la indiferencia de la gente de poder, saber y dinero ante la propuesta de Jesús, ellos hubieran repetido lo que les dijeron los funcionarios del Templo a unos guardias enviados a prenderlo: “¿Hay alguien importante o algún fariseo [líder religioso] que haya creído en él [Jesús]? Pero esa gente que [lo sigue] no conoce la Ley, ¡son unos malditos!” (Juan 7, 48 – 49). En la oración experimentamos la atracción mencionada por el mismo Jesús: “nadie puede venir a mí, si mi Padre no le atrae” (Juan 6, 44).
Tercero, nos fortalece para permanecer en su propuesta. La oración nos enraíza en la palabra de Jesús y esas raíces nos fortalecen, es como si construyéramos una casa sobre la roca (Mateo 7, 24). Quien ora, es como árbol que echa sus raíces junto al arroyo (Salmo 1). Permaneciendo en su palabra, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres (Juan 8, 32).