En estos días se suscitó una situación verdaderamente interesante, porque surgió un conflicto concerniente al Proyecto Minero Romero, entre una compañía canadiense y el pueblo de San Juan de la Maguana que se lanzó a las calles a protestar bajo la hermosa consigna de “Agua sí, Oro no”. Potente y brillante la manifestación y otras comunidades se hicieron eco; incluso el sensible corazón de Santiago.
Comenzaron a exponer los versados de la minería lo de siempre: “que era un atraso de parte de los ecologistas (llamémosle así), que a sabiendas de que hay una riqueza debajo de esa tierra, se oponen a que ésta se explore y se cave”: en este caso, tratándose nada más y nada menos que en procura de oro, alegando “que eso no va a arruinar las aguas y los bosques de los lugares donde se tiene planificada la explotación”.
Todo me ha hecho recordar una experiencia del año 1972, que es la que pretendo entregar en esta Reminiscencia, y voy a entrar en materia En aquel momento yo era parte del gobierno que desempeñaba las funciones de Miembro de la Comisión de Recuperación de Tierra del Estado y Terrenos Baldíos, dentro del Programa Agrario que había hecho aprobar en febrero de 1972 el Presidente Joaquín Balaguer. Un día, no recuerdo cuál del año 1972, se me llamó de Palacio y el Consultor Jurídico de entonces me dijo: “Mira, la Comisión de Desarrollo se va a reunir este miércoles en Cotuí, y el Presidente quiere que tú estés.” No me dijo nada más, ni yo pregunté, y lo que hice fue aceptar la invitación y asistir.
En efecto, la reunión resultó interesantísima, porque se había presentado un tranque en la cuestión de la firma del contrato de explotación de la Mina de Oro de Pueblo Viejo, Cotuí, y había una cantidad de intereses y rumores que el Presidente quiso ventilar en el seno de la Comisión Nacional de Desarrollo.
Presidía la Comisión un ciudadano eminentísimo del país, don Luis Julián Pérez, excepcionalmente recto y serio, que para cada miércoles convocaba a sus miembros, que correspondían a distintos sectores de la vida nacional. Acordó con el Presidente Balaguer desde el principio que él entregaría a la prensa al día siguiente un resumen de lo tratado en cada sesión, y tuvimos por ello algunas diferencias, porque yo insistía con el Presidente Balaguer de que había necesidad de divulgar hacia el público todos los conflictos de intereses que en esos miércoles se debatían allí.
Balaguer me respondía siempre: “La prensa es muy útil, pero esos muchachos viene, recogen datos y después publican las cosas que ellos quieren.”
Yo le hacía una enmienda cuidadosa, diciéndole: “Pero que se inviten los directores de los diarios y de los medios, o sus representantes, pero aquí se están haciendo cosas muy interesantes que el pueblo debe conocerlas.
El hecho es que nos juntamos en Cotuí; comenzaron a exponer el tranque que había con la Rosario en Pueblo Viejo, y que el contrato preparado estaba muy cuestionado. Hubo un momento en que el Presidente Balaguer miró hacia el público -cuando eso tenía él su videncia plena-, levantó el ceño y yo entendí que me está haciendo una señal. Yo pido la palabra, me la otorgan, y comencé a fijar una posición que resultaba muy incómoda, temeraria si se quiere, porque era propiamente la negativa a que se pasara a explotar el oro de Pueblo Viejo. Esto, porque los daños ecológicos serían tremendos. Sufrirían los ríos contaminación de todo tipo y que lo ideal era conservar esa área de la Cordillera Central en uno de sus estribos y le hice severas críticas al contrato planteado, pero no fui más lejos. Me pasé al Agua y la condición nuestra de vivir como Nación en una Isla; el peligro inmenso de que esas fuentes de aguas de las montañas sufrieran merma y que era preferible conservar eso para presas construidas para el regadío de los campos, especialmente el cultivo del arroz. Don Luis, al yo terminar, me replicó, como diciéndome que no era el lugar para traer la cuestión agraria, porque se trataba de un asunto de minería. Naturalmente, mi contrarréplica fue muy airada y se sintió en la sesión que el ambiente estaba a punto de estallar, en una retirada o algún tipo de desenlace anómalo. Era posible. Tres días después, fui a la Consultoría Jurídica en Palacio y me dijo un gran amigo: “Ese discurso tuyo fue un terremoto. Aquí pasó ésto. Yo estaba hablando con el Presidente y había llegado uno de sus auxiliares, un político muy versado, y le hizo el comentario de la explosividad del discurso y dijo: “Vincho es buen orador, pero es muy ríspido; y ahí hubo además una travesura, porque a usted mismo lo emplazó con la cuestión de construir tanto en las ciudades y el peligro del futuro de la marginalidad y la violencia criminal.”
Entonces, el Presidente le dijo en un momento: “Ahí no ha habido travesura; solo la pasión similar a la de su padre para cumplir con sus deberes. Y agregó: “Néstor, llame al Dr. Castillo para esta noche.” En esa reunión me dijo cosas que van a ocupar la próxima Reminiscencia en mejor espacio.
Vivir tanto tiempo como yo he vivido, gracias a Dios, es una innegable ventaja para hacer su necesario relato, tiempo después.