Hace tres décadas, en el aula universitaria, la lectura de La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset se sentía como un ejercicio de arqueología histórica. Analizábamos a ese “hombre masa” de 1930, un sujeto uniforme, aglomerado en fábricas y plazas, nacido del bienestar de la Revolución Industrial, como el eco de un siglo XX que ya se desvanecía.
Hace unas semanas, sin embargo, el filósofo español regresó a mí de una forma que él mismo habría considerado una ironía deliciosa.
No fue a través de las pesadas páginas de un tomo de biblioteca, sino sintetizado en un blink de audio de quince minutos, reproducido en mis auriculares inalámbricos mientras paseaba a mi perro Kobe bajo la luz de la mañana. En ese tránsito entre el ladrido y la voz sintética que resumía el pensamiento orteguiano, experimenté una especie de vértigo conceptual. Del universo analógico de Ortega aterricé de golpe en mi presente. Al levantar la vista del asfalto, vi a otros peatones avanzar en la misma inercia. Se trataba de cuerpos físicamente próximos, pero mentalmente abducidos por el brillo de sus pantallas. Comprendí entonces que la profecía de Ortega está más vigente que nunca.
Aquella masa compacta del siglo pasado ha mutado en la sofisticada “sociedad red” de nuestros días. Y el diagnóstico actual es mucho más alarmante. Para Ortega, el peligro del hombre masa residía en su psicología de “niño mimado” e hiper-especializado, el individuo que hereda las libertades y la tecnología de la civilización sin comprender el esfuerzo institucional que costó construirlas. Es el “sabio-ignorante” que, por dominar una parcela técnica, se cree con derecho a opinar, con arrogancia, sobre todo.
En la sociedad red, esta patología se ha democratizado exponencialmente. Hoy, el algoritmo de las plataformas digitales ha convertido a cada usuario en un prosumidor empoderado. El acceso instantáneo a la información se confunde con el conocimiento real, y la audacia del titular de catorce palabras ha desplazado a la profundidad del ensayo. El hombre masa ya no necesita tomar las calles para imponer su mediocridad; le basta con un clic desde la comodidad de su sofá.
Sin embargo, limitarse a calcar el mapa de Ortega sobre la era digital sería ignorar una asimetría fundamental que el filósofo coreano Byung-Chul Han diseccionó con brillantez en su obra En el enjambre. El autor nos advierte que hoy ya no nos enfrentamos a una masa en el sentido clásico. La masa de Ortega tenía un alma común, una densidad física y una dirección, fuese el sindicato o el partido fascista, que, para bien o para mal, vertebraba la acción política.
Lo que habitamos hoy es un enjambre digital, que equivale a una agregación de individuos aislados, átomos hiperconectados que no marchan juntos, sino que se amontonan virtualmente. El enjambre no construye un “nosotros”, pues carece de alma colectiva. Es una masa líquida que se aglutina momentáneamente en torno a una indignación efímera o un linchamiento digital, que a veces termina en trending topic, para luego disolverse con la misma velocidad con la que apareció, dejando tras de sí un rastro de ruido, pero sin ninguna transformación estructural.