Mons. Ramón Benito de la Rosa y Carpio
La familia es el primer santuario donde el ser humano aprende a amar, a respetar, a perdonar y a servir.
Es el huerto fecundo donde germinan las virtudes que luego dan forma a la sociedad y sostienen el destino de los pueblos. Ninguna nación puede aspirar a un futuro de paz, justicia y progreso si sus familias están heridas o fragmentadas.
La salud moral de la patria depende, en gran medida, de la salud de sus hogares. Allí se forjan las conciencias, se cultiva la fe y se aprende el valor del sacrificio por el bien común.
Por eso, debemos proteger la familia de todo aquello que debilita la comunión y alimenta el individualismo.
Que nunca el egoísmo marchite los lazos sagrados que nos unen, porque bajo el techo del amor compartido florece la esperanza de una patria mejor. Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.